El viajar es un placer

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A pesar de que ya lo experimenté millones de veces, todavía no lo aprendo: no importa cuánto tiempo analice detrás de qué cola me conviene ponerme cuando llego al área de migraciones del aeropuerto, todas las demás irán mucho, pero mucho más rápido. Más allá de mi resignación casi patológica a esta realidad, lo que me ocurrió en el aeropuerto de Panamá, de regreso de Haití, tomó un ribete épico. Lee el resto de esta entrada »

No sé si tiene que ver con cuestiones demográficas (¿edad clásica de hijo que viajó al exterior por la crisis de 2001?), geográficas (¿van todos a una especie de retiro, estilo Boca Ratón?), coyunturales (¿es un viaje organizado por el PAMI?) o de pura suerte. La realidad es la población del Copa Airlines que me trajo a Panamá promediaba los 75 años. Incluyendo al bebé recién nacido que estaba dos asientos atrás y que debería tirar el promedio bastante para abajo, pero que no lo logra. A continuación, todo lo que hay que saber sobre las particulares características de este tipo de vuelos. Lee el resto de esta entrada »

Cuando hace dos semanas veía las imágenes de todos los pasajeros varados en Ezeiza por culpa de la ceniza volcánica chilena, en un punto me sentí incómodo: no es muy frecuente que haya un conflicto en un aeropuerto y que yo no esté a punto de subirme a un avión. Lee el resto de esta entrada »

Estoy en el salón VIP de American Express en Ezeiza en este preciso instante. Salgo para París en exactamente una hora. Cuando me enteré de que podía ingresar a este lugar, me puse feliz y me sentí preocupado al mismo tiempo. Feliz, porque no me caracterizo por llevar una existencia VIP. Preocupado, porque temí que el roce con este nuevo modelo de vida empañara mi habitual forma de ser y que saliera del lugar con, no sé, cadenas de oro pendiendo de mi cuello.

Apenas crucé la puerta y entregué mi invitación a las chicas sonrientes de la entrada, la felicidad se trocó en preocupación y la preocupación en felicidad. Porque el sitio está atestado de gente, no hay sillones libres y hasta pasan chicos con uniforme escolar que irán a vaya uno saber qué justa intercolegial en algún lugar del mundo y jóvenes con el clásico perfil de mochileros. Mi existencia no-VIP seguía incólume, nada podía dañarla.

Eso no quita que me hayan aparecido algunas dudas. La principal es… ¿Desde cuándo lo VIP se volvió tan popular? Me bastó caminar unos pocos metros para llegar a una puerta vidriada con la inscripción “Sala exclusiva – Platinum Card”. En ese mismo instante comprendí la respuesta: la tarjeta de crédito tiene que satisfacer a todos sus clientes. A los de menos recursos, los hace creer VIP. Y a los más pudientes, los que frecuentaban los salones VIP cuando no había más de tres o cuatro personas por día… más VIPs que a los anteriores.

Me puedo jactar de que programé un viaje con salida desde el aeroparque metropolitano de Buenos Aires unas 100 veces en mi vida. Puedo agregar, ya sin jactancia, que 99 de esos vuelos salieron demorados, fueron cancelados y salieron al día siguiente o directamente nunca salieron. ¿Qué pasó con el vuelo restante? Lo perdí por llegar un minuto tarde a la puerta de embarque.

– El que alguna vez durmió en un hotel a diez minutos del aeropuerto, sin la preocupación de “mirá si llego tarde cuando tengo que pegar la vuelta”.
– El que, estando en ese hotel, lo vino a buscar un remís el último día para llevarlo al aeropuerto con la suficiente antelación como para no tener que sufrir ningún tipo de estrés.
– El que, durante ese trayecto en auto, vio cómo una moto se cruzaba en el camino del remisero y, segundo después y luego de un ruido seco, cómo la moto volaba por los aires.
– El que, luego del impacto, vio cómo el remisero, pálido, atinaba a agarrar la radio del automóvil para advertir a sus superiores que no iba a poder completar su viaje.
– El que, con la sensación de que algo atípico estaba sucediendo, oyó una sirena policial apenas dos segundos después de la advertencia del remisero.
– El que, ya con la policía en escena, intentó explicar de cientos de formas que tenía un avión para volver a casa, en un país muy muy lejano, a punto de partir.
– El que, ante la negativa del policía, tuvo que entregarle el pasaporte y esperar una hora y media en la autopista a que se hicieran las pericias del caso.
– El que, una vez trasladado a la comisaría, debió esperar tres horas hasta poder declarar en calidad de testigo.
– El que, ya en la sala de interrogatorios, explicó todo lo que había visto en español a un policía que hablaba en español, lo que no fue impedimento para que hubiera un intérprete.
– El que, luego de atravesar esta experiencia, al día siguiente y ya con un nuevo vuelo programado, exactamente 24 horas después del perdido, decidió ir al aeropuerto con cinco horas de anticipación.

Ah, por si no me ven, tengo la mano levantada.

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Si digo “El otro día conocí la enfermería de Aeroparque”… ¿Necesito agregar algo más? (Live, from Mendoza)


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