El viajar es un placer

Aventuras en la selva

Posted on: julio 5, 2011

Que nadie me pregunte por qué, pero de alguna forma pensé que el estrés vivido en Haití un día antes, podía curarse con un nuevo estrés. Así fue como decidí internarme en la selva panameña solo y mal preparado, buscando tres cruces que habrían pertenecido a piratas del siglo XV y que nunca encontré.

Isla Taboga es tan pintoresca como abandonada y queda a sólo una hora de lancha de Ciudad de Panamá. El folleto que la presenta muestra colores mucho más homogéneos que la realidad de casas con pinturas descascaradas que presenta. A pesar de que posee una playa mansita de mar caribeño calentito como para tirarse a descansar y no pensar en nada durante todo un día, preferí hacer el circuito a pie hasta “Las Tres Cruces”, un punto en el monte de esta isla y en medio de la jungla en el que, como su nombre nada imaginativo indica, hay tres cruces clavadas, presumiblemente marcando la tumba de piratas de otros tiempos.

Como toda mi vida soñé ser un hombre de mar (sueño trunco debido a mi aversión a ingerir pescados, mariscos y cosas que se le parezcan), me pareció una propuesta atractiva. Así que me lancé a la aventura. Calculé que entre las 30 personas que venían en la lancha que me había arrastrado hasta aquí, al menos un par más estarían interesadas en hacer la caminata. Calculé mal. De pronto, me encontré en el medio de la selva. Ya no había señal de celular, ni registro de las casas que hasta hacía minutos emergían a mis costados, ni ninguna señal de vida humana.

Todo se convirtió en una película de Tarzán o, peor, de terror clase B: bifurcaciones mínimas en el terreno que abrían la posibilidad de perderse en el regreso, ranas de lomo dorado saltando de repente a una hoja contigua al caminante, langostas con la misma pésima costumbre, ruidos de ramitas resquebrajándose producidos por alguna alimaña que parecía moverse a mi ritmo, algo parecido a una hormiga gigante que me zumbó cerca como para delimitarme su territorio, un animal para mí desconocido que emitía un sonido similar a una PlayStation descompuesta, la oscuridad creciente a cada paso, la humedad, el calor, el sudor…

Me surgió una única preocupación: llevaba ojotas, un calzado pésimo para esta excursión, porque el suelo estaba resbaladizo y húmedo y porque la propia transpiración de mis pies hacían que la cualidad de resbaladizo fuera reversible: ocurría tanto afuera como adentro de la havaiana en cuestión. Con este temor a pisar en falso y desnucarme contra alguna de las tantísimas piedras que había a mi alrededor, bajé la vista al suelo. Lo que vi me heló la sangre. Una ojota, sola, tirada en el piso. Unos metros más adelante, su par. No había ningún humano, vivo ni fantasma, reclamándolas. Supe en ese instante lo que sentían los antiguos exploradores cuando, en algún camino aparentemente virgen, se cruzaban con una osamenta.

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