El viajar es un placer

El día que casi lesioné al primer bailarín de la Ópera de París

Posted on: abril 28, 2011

Estuve en la Ópera Garnier. Mi intención era armarme una buena crónica para publicar en la revista del Teatro Colón, donde ya hice algunas notas de óperas del mundo. Pero por una simple bandolera colocada en el lugar equivocado y en el momento equivocado, casi termina todo en una tragedia.

En algún otro post comenté algunos aspectos de mi torpeza natural y de cómo la utilizo para ir golpeando inocentes. Pues bien, el de la Ópera Garnier se inscribe como un nuevo capítulo en esta historia.

Me tocó primera fila, a escasos diez o doce centímetros del escenario. Ok, tal vez eran 20 centímetros, pero lo cierto es que eran pocos. De mi experiencia anterior viendo ópera, la cosa es más o menos así: hay una serie de artistas sobre las tablas que hacen sus gracias y una serie de espectadores en sus butacas que aplauden al final. Unos y otros no tienen contacto. No tienen por qué tenerlo.

Con esto en mente, me senté cómodamente, estiré un poco las piernas (costumbre socialmente reprobable que tengo y que reconozco, pero que no puedo evitar, es la de “recostarme” en el asiento) y apoyé entre ellas una bandolera que llevo siempre cuando estoy de viaje, más que nada para que todos los demás sospechen que soy un tipo cool.

La primera parte de la obra, de un tono muy moderno, consistió de una adaptación de La casa de Bernarda Alba que estuvo tan tranquila que me permití echar unos cuantos cabezazos. La segunda parte, después del intervalo reglamentario, fue la de los problemas. Porque el director, siguiendo con esa tendencia moderna que es ya como una manía en él, hizo que el bailarín principal bajar del escenario. El azar, por su parte, hizo que bajara justo delante de mi asiento. Mi personalidad queda, para completar el cuadro, hizo que yo no amagara con mover la bandolera del lugar en el que estaba.

El resultado en este punto ya es casi obvio: el bailarín arranca una carrera debajo del escenario en dirección a la bandolera, tropieza apenas da dos pasos, trastabilla, se escucha un murmullo en todo el teatro, 10.000 cabezas giran en dirección a mi butaca y mis mejillas empiezan a arder. Me arrebujé todo lo que pude dentro de mí y, haciendo caso omiso a mi ateísmo habitual, agradecí a Dios cuando vi que el tipo seguía corriendo y subía al escenario como si nada.

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1 Response to "El día que casi lesioné al primer bailarín de la Ópera de París"

Tuve suerte de no estar en la bandolera!

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