El viajar es un placer

El palacio de las mil preguntas

Posted on: agosto 19, 2010

Con 17.000 metros cuadrados y 1.500 habitaciones, Knossos, uno de los principales vestigios de la existencia de la cultura minoica ubicado en la isla griega de Creta, sigue ocultando más secretos de los que lleva revelados. (Autorrobado de Clase Ejecutiva)

Una civilización avanzada para su época que desaparece de un día para el otro, un laberinto gobernado por una criatura mitad hombre y mitad toro y un arqueólogo inglés sobre el que todavía se discute si fue un genio o un trasnochado. Estos son, apenas, algunos de los ingredientes que construyen esa mezcla que es el palacio de Knossos, ubicado en la isla griega de Creta, uno de los vestigios más imponentes de la existencia de la cultura minoica. Y también uno de los más polémicos.

Pero para llegar a Knossos primero, seguramente, habrá que atravesar Heraklión, la capital de la isla, que pertenece al territorio griego desde 1913, después de un brevísimo período de autonomía y de haber formado parte del Imperio Otomano. Acceder en un ferry por esas agua turquesas que se exceden de cristalinas, con el interminable murallón de flanco y el arsenal veneciano que lo corona, da la sensación de que se está ante otra belleza imponente. En particular si el visitante atravesó antes algunas de las islas Cícladas, como Mykonos o Santorini, y tiene las expectativas por los cielos. Pero Heraklión es más bien tirando a fea. Tiene muchos elementos que la salvan: su paseo costero, en particular en la zona del puerto, unas cuantas reliquias de la época veneciana por aquí y por allá (como la Loggia, hoy reconvertida en municipalidad, o la plaza Venizelou, con su fuente central con las cabezas de cuatro leones que data del siglo XV) y algunos de sus personajes pintorescos. Como ese señor que lleva unas migas de pan y un pedazo de hilo y se recuesta sobre el piso de piedra a centímetros del mar, para llevar el concepto de pesca artesanal al extremo: coloca un fragmento de alimento atado a la punta del hilo y lo arroja al agua. Espera unos segundos y vuelve a levantarlo. Para sorpresa de quienes lo observan, ya sacó unos cuatro o cinco peces, aunque por sus tamaños ninguno podrá convertirse en un buen filet.

También llama la atención que buena parte de la juventud parece haber comprado las revistas de moda de hace diez temporadas… o de haber visto hace minutos las primeras películas de John Travolta. Las adolescentes y jovencitas están vestidas todas como si hubiera una ley que obliga a llevar uniforme. Los muchachos con auto los tienen tuneados, con alerones y caños de escape bien ruidosos. Esperan que el semáforo se ponga verde para salir arando y no pierden oportunidad de bajar los vidrios para demostrar que llevan la música mucho más allá de los decibeles tolerables… aún cuando solo escuchan cantantes melódicos griegos cuyos estilos y músicas recuerdan a los clásicos habitués de los programas de Canal 9 de la época de Romay.

En busca de la leyenda
Antes de dejar Heraklión, vale la pena dar una vuelta por la Plaza Eleftherias, donde funciona un interesante mercado de libros y comer, comer, comer. Una característica de Creta que es común a casi todos los puntos griegos es que los restaurantes sirven siempre bien: se puede elegir el sitio más lujoso o la taberna menos atractiva, pero los platos llegarán sabrosos a la mesa, en particular si se pide una musaka (una especie de pastel hecho con berenjena, carne picada y tomate) o una sencillísima ensalada de queso feta, pepino, tomate y orégano, que lleva como nombre nada menos que el gentilicio de este país.

Llegar al palacio es sencillo: hay buses urbanos y hasta taxis que hacen el recorrido, de menos de cinco kilómetros, en unos 20 minutos y por unos pocos euros.

Los papeles oficiales aseguran que en 1900 el arqueólogo inglés Arthur Evans, nombrado Sir una década después, realizó uno de los más grandes hallazgos de su era: la existencia real de esta cultura, pretendidamente dueña de una tecnología y unos conocimientos científicos muy por encima de los de sus vecinos. “Es mentira: el verdadero descubridor de este palacio fue un comerciante cretense”, dice Paulo, que primero se presentó como “guía multilingüe” y luego demostró no dominar bien ninguna de las lenguas que promocionaba. La teoría de Paulo es sostenida por muchos investigadores griegos, que señalan al comerciante y anticuario Minos Kalokairinos, cuyo nombre parece una burla del destino, como el hacedor de la hazaña. En efecto, como vicio de su profesión, el hombre había estado excavando la zona hacia 1878 y había encontrado vestigios de una cultura de la que poco y nada se sabía. Sin embargo, el gobierno otomano, en ese momento al mando en Creta, no le permitió continuar con su tarea, que se vio demorada hasta que la isla ganó autonomía, casi en los albores del siglo XX.

Lo que hay que ver
Durante la visita al palacio, puede vislumbrarse una buena restauración de esta edificación de más de 17.000 metros cuadrados construidos y sus más de 1.500 habitaciones. Los minoicos solían construir agregando habitaciones a medida que las necesitaban, con lo cual los pasillos no son lineales, lo que le da a todo el lugar un aire de laberinto. Allí y acá, frescos de estuco en relieve muestran escenas taurinas, las construcciones remanentes sorprenden con el rojo intenso de sus columnas y un recorrido marcado con cordeles como para que el paseante vaya construyéndose su propia historia: el ámbito donde se guardaban los objetos de culto, la sala donde el rey recibía a sus visitas, almacenes… Los espacios más representativos, esos en los que todos quieren sacarse la foto testimonial, son el santuario de las tres columnas y la sala del trono, con el impactante asiento ubicado sobre un baldaquino y una excelente iluminación natural. Por allí está también la cámara de los tesoros, donde se encontró a El Acróbata, célebre estatua de marfil, además de piezas de oro y metales preciosos. Ya en la parte norte, un teatro con capacidad para 500 espectadores

Entre los objetos, destacan la reproducción de una silla de madera de época a partir de un original incendiado encontrado en el lugar, jarras y estatuillas. Cerca de la sala del trono podría haberse ubicado el ámbito donde se hacían los sacrificios rituales, presunción reforzada con el hallazgo de cadáveres de niños menores de doce años hecho en 1975 por Peter Warren. Los frescos son las estrellas del lugar, más allá de los numerosos trabajos con escenas de toros: el de los delfines, el de la danzarina, el de los lirios, el del recogedor de azafrán (cuya restauración despertó no pocas polémicas)… Prácticamente a lo largo de todo el recorrido hay que estar con los ojos muy bien abiertos para no perder detalle de estas piezas de arte diseminadas por todo el lugar.

Tecnología de punta
Algunos avances tecnológicos que el visitante puede apreciar son los tres sistemas de administración de líquidos que funcionaban por separado: uno para la provisión de agua, otro para el drenaje del agua de lluvia y uno más para el drenaje del agua “usada”. Un interesante esquema de acueductos con tuberías de terracota y fuentes que aprovechaban la ley de gravedad hacía todo el trabajo. También es interesante la forma en cómo las construcciones fueron dispuestas para aprovechar al máximo la luz natural.

Lo más llamativo es que a pesar de que la señalización no es todo lo bueno que el visitante quisiera (la sensación de estar mirando algo que seguramente fue importante y de que no hay forma de averiguar de qué se trata se repite cada pocos minutos), sí hay suficientes carteles que advierten al público que lo que se ve es una restauración encarada por Evans y que poco puede tener que ver con lo que ocurrió en realidad. Entre otras cosas, se discuten los colores chillones de los frescos, la ubicación de muchas de las dependencias y el uso de ciertos espacios. “El inglés tenía más imaginación que conocimientos arqueológicos”, ironiza Paulo, un poco en italiano, un poco en español, un poco en inglés y otro poco en una lengua inventada.

Aparentemente, Evans tomó como referencia histórica para su trabajo textos legendarios sobre el rey Minos, que habría gobernado en la zona unos 2.000 años antes de Cristo. Incluso, las formas intrincadas del palacio motivaron al británico a asociarlo con el Minotauro, monstruo mitológico, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que habría sido encerrado en un laberinto construido por Dédalo. Pero había que alimentar a la bestia, y para eso se llevaban al lugar seres humanos como alimento. Esta faena terminó cuando Teseo enfrentó a Minotauro y lo venció. Los frescos con motivos taurinos y piezas relacionadas con el culto al toro encontradas en el lugar reforzaron esta creencia.

Por qué te vas…
La cultura minoica desapareció de un día para el otro alrededor del 1450 a.C. Más allá de conjeturas de Evans continuadas por sus seguidores y de conclusiones logradas a partir del hallazgo de estatuillas de diosas en actitud de trance y motivos de amapolas de opio en sus diademas, lo que da la sensación de que utilizaban ciertas “ayuditas” para alcanzar el éxtasis místico, poco de sabe de sus ritos y sus tradiciones. Tampoco hay certeza de las causas de su desvanecimiento. La teoría más afianzada indica que la erupción en 1628 a. C. del volcán de la actual y paradisíaca Santorini, ubicada a sólo 112 kilómetros, generó maremotos, terremotos y destrucción hasta mucho más allá de su epicentro y pudo haber sepultado a los minoicos. De hecho, muchos afirman que la leyenda de la Atlántida, ese continente sumergido cuyos habitantes ostentan destrezas y conocimientos avanzados, podría estar inspirada en estos antecesores de los cretenses. Una versión menos romántica sugiere que, simplemente, fueron atacados por sus vecinos micénicos. Algo que podría no ser para nada raro, sobre todo si se considera otra rareza propia de Knossos: a pesar de la gran cantidad de tesoros que guardaba, no tenía mecanismos de defensa visibles. En otras palabras, no había ni una sola muralla.

El ómnibus de vuelta hacia Heraklión permite girar y ver, desde el vidrio que está detrás del último asiento, cómo se alejan esas ruinas. Y a medida que se hacen más pequeñas, el visitante comienza a darse cuenta de que le quedaron muchas, muchísimas dudas sin resolver. Datos históricos fehacientes se mezclan con leyendas mitológicas improbables. Como una ironía, los razonamientos de quien acaba de salir quedan atrapados en ese supuesto laberinto que está un poco más lejos a cada segundo. Es en ese momento en el que el visitante se da cuenta de que, decididamente, el Palacio de Knossos es un paseo ideal sólo para aquellos que aman las preguntas, más allá de que la respuesta esté o no disponible.

Anuncios
Etiquetas: , ,

1 Response to "El palacio de las mil preguntas"

Casi tantas preguntas como la Isla de Pascua…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

NOS MUDAMOS – NUEVA PÁGINA walterduer.com.ar

El espíritu viajero, presente en la práctica. A partir de hoy, todas las actualizaciones se mudan acá. Te espero para seguir viajando juntos.
A %d blogueros les gusta esto: