El viajar es un placer

Viaje al mundo de Los Macocos

Posted on: junio 23, 2010

El trabajo de editor de libros freelance es ingrato. En general, el autor para el que se trabajó termina odiándolo porque osó cambiarle su texto prístino y perfecto, nadie se da cuenta del esfuerzo que le costó ponerse esa obra al hombro como para que salga publicada de manera más o menos decente, el proceso es un embole irrefrenable y consume miles de horas y, como corolario, se paga dos mangos. Por eso, la frase más repetida por los editores freelance en los breaks de quince segundos diarios que se toman (descanso en el que tienen que entrar el almuerzo, la cena, el pis, la caca y el sueño de toda la jornada) es “para qué mierda me metí en esto”.

Cuando Sudamericana me propuso, en septiembre del año pasado, trabajar junto al grupo de teatro Los Macocos para ayudarlos a transformar su espectáculo Pequeño papá ilustrado en un libro homónimo, supuse que iba a representar el nivel de estrés habitual. Es decir que terminado el proyecto yo iba a tener dos kilos más, veinte centímetros más de ojeras, cuarenta y dos mil cabellos menos y un incremento del 9 por ciento en mis tendencias suicidas. Estas estimaciones me parecieron muy pobres cuando escuché la siguiente observación por parte de quien me ofreció el trabajo: “Dicen que no tienen ni idea de cómo se escribe un libro”. Y decididamente supe que me había quedado cortísimo cuando me aclaró: “Tiene que estar el libro listo el 1º de febrero”.

Mi cabeza construyó una primera imagen: tenía cuatro meses para resolver un texto que debía trabajar con tres actores. Imaginé el tamaño de sus egos, imaginé sus caras de horror cuando llegara yo a la primera reunión con mi jean y mi remera y ellos estuvieran enfundados en sus trajes Armani y sus tapados de piel, imaginé la desazón cuando les dijera que no tomaba champagne ni fumaba habanos los martes por la tarde, momento en que pensábamos armar las reuniones, imaginé cómo destrozarían cada una de mis observaciones sin siquiera mirarme a los ojos. Incluso, los visualicé dentro de una limusina, tras vidrios polarizados, bajando apenas la ventanilla trasera para decirme: “Tirá todo a la basura y empezá de nuevo”.

El viernes posterior al acuerdo con la editorial me acerqué al ND Ateneo para conocer la obra. Con esa capacidad de ver la vida en caracteres que tenemos aquellos que vivimos de vender palabras, noté que la obra, como mucho y con esfuerzo e incluyendo carátulas separadoras de capítulos, llegaba a las 8, 9 páginas. “Estoy en problemas”, pensé, al tiempo que imaginaba cuál podía ser mi nuevo nombre cuando me instalara en una granja de Uzbekistán, luego de que no hubiera podido avanzar ni un metro con el proyecto y que no me diera la cara para admitirlo frente a la editorial.

Al martes siguiente tuvimos la primera reunión. El fatalismo se derritió en segundos. Encontré a tres tipos que por más años que cumplan siempre van a comportarse como jóvenes (el que lee con esto que los acabo de tildar de inmaduros, allá él), que se cagan de risa sin parar (incluso de chistes incluidos en la obra, es decir, que ya los escucharon más de mil veces), que se respetan entre ellos (y de ahí, calculo, el hecho de que están juntos hace mil años), que aceptan las observaciones que se les hace y que hacen observaciones pertinentes (nada de “pero me sacaste el chiste 302/92, el más importante de todo el libro”), que tienen mil ideas graciosas por segundo… Y empecé a aprender cosas. Aprendí que cuando te dicen “pelotudo” no es porque te están insultando, sino porque acertaste con una broma graciosa. Aprendí que por más que rescates a un gato bebé en la calle eso no significa que logres hacerlo sobrevivir (Espumón, siempre estarás en nuestros corazones). Aprendí que si uno llega tarde a lo de Guadalupe, la Yoko Ono no destructiva del grupo y anfitriona de los encuentros, le toca la silla sin respaldo… Y aprendí que era capaz de trabajar en equipo (a los otros que trabajaron en equipo conmigo antes, sépanlo: fingí todo).

Por primera vez en muchos años de trabajo tenía ganas de reunirme con los autores del libro que estaba editando (y ya que estamos en tren de disculpas, no se enojen los demás autores, no son ustedes, soy yo, que soy antisociable). Cada encuentro era una hora de risas y de tomar notas apresuradas para no perderme de nada. Encima, se pusieron a trabajar a conciencia y empezaron a mandar textos y textos, todos buenos, todos aprovechables. ¿El resultado? Que el 1º de febrero el libro estaba terminadísimo sobre el escritorio de Sudamericana.

Hace un par de viernes, volví al ND Ateneo. Pero esta vez no para ver la obra, sino para sentarme tranquilamente en una butaca, perdido entre el público, disfrutar de las ocurrencias de Daniel, de Gabriel, de Martín (los pongo en estricto orden alfabético porque todavía no descubrí por qué lado viene el divismo y no quiero que se disparen problemas de cartel) durante la presentación del libro (sí, ya está a la venta, y quedó muy lindo) y, por qué no, tomarme algún vinito antes de seguir viaje. Esta vez mis sensaciones eran exactamente las contrarias a las de la primera vez: no tenía tensión, no tenían nervios, no imaginaba nada trágico, no calculaba que se me iban a caer más cabellos. Era todo alegría. Y lo mal que hice, porque estos pibes me hicieron subir al escenario, sentar en la mesa que se usó para hacer la presentación, que es la misma mesa que usan los profesores David, Roberto y Rosito (de nuevo, el estricto orden alfabético) en cada función y, luego de preguntarme si quería decir algunas palabras y de que yo contestara que ni loco, me dieron el micrófono para que dijera algunas palabras. Evidentemente, con Los Macocos, uno nunca deja de aprender cosas.

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5 comentarios to "Viaje al mundo de Los Macocos"

Sinceramente, comprendo el hecho del pre-stress a lo desconocido y la proyección basada en una amplia imaginación sumada con la costumbre de lo habitual. Aunque, debo decirte que desde mi punto de vista, algo que debemos aprender en esta vida que uno puede vivir siendo chico y pensando como grande en los momentos que corresponde. Si bien, con 21 años no puedo hablar demasiado de la vida, creo que es la mejor manera que encontré de sobreellevar lo que viene en los últimos meses.

Mis saludos a tí.
Excelente el post, aunque siento qué está demás recordartelo.

Genial el post. Los Macocos , son así, es un placer trabajar con ellos y más placer es verlos arriba del escenario y que te duelan los abdominales de tanto reirte!!!!

Ese es mi papá!

Walter: el libro quedó fantástico. Desconocía por completo esta interna, lo cual me hace apreciarlo doblemente. Yo sí valoro muchísimo tu trabajo; me consta tu profesionalismo porque veo los adefesios que, gracias a tu capacidad, terminan en textos de muy buen nivel. Hay una idea generalizada de que los autores son eximios escritores, a los que no hay que hacerles nada, sin saber la cantidad de cabello que pierde la gente como vos… Un abrazo.

Una casualidad, Mariana… justo leí tu comentario y me parece que me entró una basurita en el ojo… snif…

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