El viajar es un placer

Clásica y moderna

Posted on: abril 21, 2010

Apelo al autorrobo porque si no no actualizo más. Esto salió publicado este mes en la revista del Teatro Colón: Las dos principales casas de ópera de Berlín muestran caras opuestas: una, la Staatsoper Unter den Linden, es solemnidad y tradición; la otra, la Deutsche Oper Berlin, relajación y modernismo.

Berlín es una ciudad que remite a división. Durante casi cuatro décadas, estuvo partida al medio por un muro que escapa a la lógica tradicional, pero que seguramente tuvo sentido para los ideólogos de la Guerra Fría. Ese crecimiento diferenciado que vivieron los sectores occidental y oriental de una misma ubicación geográfico es, tal vez, lo que motivó que se desarrollaran dos casas de ópera que, si bien existían desde mucho tiempo atrás, quedaron casualmente una de cada lado de la irracional pared.

En julio de 1741, Federico II de Prusia le encargó a su amigo Georg Wenzeslaus von Knobelsdorff, que construyera un castillo encantado para poder exhibir allí las mejores piezas de ópera. Un año y medio después, cuando aún no estaba terminada pero la paciencia del emperador se había acabado, se estrenó Cleopatra & Cesare, de Graun en la que hoy es la Staatsoper Unter den Linden, una de las tres casas de ópera que tiene Berlín en la actualidad y la que permite vivir la experiencia más genuina, con una atmósfera barroca y un aire aristocrático. Incluso su ubicación, en un área llena de palacios del tradicional boulevard de la capital germana, ayuda a la creación del “clima”.

El edificio quedó completo en septiembre de 1743, pero en los años sucesivos cambiaría muchas veces su fisonomía: en parte por modificaciones ordenadas por nuevos mandatarios, como las que ordenó Federico Guillermo II en 1788, en parte por estar en una ciudad que fue foco de conflictos internacionales durante dos siglos.

En 1842 Gottfried Wilhelm Taubert inició la tradición de conciertos sinfónicos regulares y programados, pero a esa decisión le siguió un episodio trágico el incendio del 18 de agosto de 1843 que destruyó prácticamente la totalidad de la estructura original. La reapertura se produjo un año más tarde, gracias a la celeridad del arquitecto Carl Ferdinand Langhans, quien se convertiría con los años en uno de los preferidos del Kaiser Guillermo I. La siguiente gran renovación llegó en 1928: una ampliación que incorporó espacios rotativos, niveles inferiores y laterales en el escenario.

Muerte y resurrección
El hitlerismo marcó una etapa oscura para la Linden Opera, como se la conoce habitualmente. Muchos músicos de élite debieron dejar su puesto y exiliarse, debido a su origen judío. Y la historia negra de esta casa no termina allí: los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial la destruyeron dos veces. La primera, en 1941. La reapertura se apresuró y en poco más de un año la sala estaba funcionando a pleno. La segunda, en 1945, pero esta vez tardó una década completa en recuperar su esplendor. Mientras tanto, sus propuestas alternaron por diferentes salas de la ciudad. La curiosidad es que las dos veces que fue puesta de pie, la gala inaugural fue con Los maestros cantores de Nuremberg, de Wagner.

La construcción del Muro de Berlín, en 1961, la encontró del lado oriental, aislada de la escena operística internacional, aunque haciendo sus esfuerzos para no perder terreno. En las tres décadas siguientes, prevalecieron las alternativas de los períodos clásico y romántico, junto a obras maestras de ópera y ballet contemporáneo. Desde la reunificación, la ópera barroca ocupa la parte más amplia del repertorio ofrecido.

Muchos músicos ilustres ejercieron la dirección de la Linden Opera: Richard Strauss, Leo Blech, Bruno Walter y, más acá en el tiempo, el argentino Daniel Barenboim, que fue nombrado Director Artístico y Director General Musical en 1992. En este listado no puede omitirse a Herbert von Karajan, el hombre fuerte de esta ópera durante los años del Tercer Reich.

En la actualidad, la Staatsoper está mostrando sus últimas cartas antes de un nuevo cierre, que durará desde octubre de este año hasta el verano alemán de 2013. El escenario alternativo al que se mudarán las piezas es el Schiller Theater, en el coqueto barrio de Charlottenburg. No hay muchas certezas sobre los trabajos a realizarse, pero, a partir de la experiencia, puede garantizarse algo: que la Staatsoper Unter den Linden volverá a brillar, porque es experta en resurrecciones.

La otra cara
Pero no toda la ópera en Berlín pasa por la Staatsoper Unter den Linden. Desde 1912 existe la Opernhaus, hoy llamada Deutsche Oper Berlin, en la Bismarckstrasse, en Charlottenburg, en la parte occidental de la ciudad. Es más grande en tamaño que la anterior y suele poner en escena producciones más costosas, pero, al mismo tiempo, su estilo es más moderno, con paredes de madera y una disposición que recuerda a algunas de las salas del Teatro San Martín de Buenos Aires. Existe otra diferencia fundamental con la sala del boulevard: aquí, la solemnidad no suele decir presente. Mientras que en la Staatsoper el silencio gana durante toda la representación, aquí los espectadores pueden ser ruidosos. Y hasta es común escuchar aplausos aislados fuera de los momentos indicados. Para los intervalos, la casa cuenta con un ámbito muy agradable para disfrutar de un buen vino que amenice la espera.

El edificio original, que se inauguró en noviembre de 1912 con una producción de Fidelio, de Beethoven, tenía espacio para 2.300 espectadores, cifra que se redujo a poco más de 2.000 tras la remodelación ordenada por el nazismo y ejecutada por Paul Baumgarten. Originalmente, el espacio fue creado para la producción de los principales trabajos de los siglos XIX y XX, en particular de autores como Wagner, Verdi, Puccini o Strauss, tesitura que, con algunas licencias, se sostiene hasta la actualidad.

Experiencia visual y auditiva
El diseño de la actual estructura, obra de Fritz Bornemann, incluye 1.865 asientos y fue concebido para que todos los asistentes tengan la máxima experiencia visual y auditiva, independientemente de donde se ubiquen. El estreno fue Don Giovanni, de Mozart, el 24 de septiembre de 1961, apenas un mes después de erigido el Muro. Uno de los momentos más recordados que se vivieron en esta sala sucedió el 20 de abril de 2001, cuando el director de orquesta italiano Giuseppe Sinopoli falleció de un ataque cardiaco mientras dirigía el tercer acto de Aída, de Verdi.

La Deutsche Oper Berlin también fue tapa de los diarios internacionales en 2006, cuando se decidió la cancelación de las representaciones de Idomeneo, de Mozart, porque la escenografía incluía la aparición en escena de una cabeza decapitada de Mahoma.

Bruno Walter, Lorin Maazel y Christian Thielemann fueron algunos de sus grandes directores, aunque su impronta actual se debe a la tarea del legendario Walter Felsenstein, que mantuvo el máximo cargo de la ópera durante casi 20 años, entre 1981 y 2000. Según expresan sus directivos, el repertorio del que se nutre la Deutsche Oper Berlin, compuesto por unas setenta producciones de ópera, compite en el ámbito europeo sólo con las casas de Viena y Munich.

Durante cuatro décadas hubo dos Berlín. El desarrollo en paralelo que llegó hasta nuestros días de la Staatsoper Unter den Linden, en el antiguo casco oriental, y de la Deustche Oper, en lo que fue la parte occidental, es tal vez un legado que persiste aún hoy, cuando las dos son sólo una.

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