El viajar es un placer

Haciendo amigos y autobombo III

Posted on: octubre 27, 2009

Un nuevo número de Telaraña, la excelente revista que se edita en Paraná, ya vio la luz. En esta ocasión, está dedicada al sentido del gusto e incluye una nota mía. Y como prometí acá, dejo autorrobada mi nota del número anterior, la que habla sobre el olfato. Que la disfruten.

La conspiración de los aromas

¿Tenemos los seres humanos una verdadera necesidad de tapar los olores feos con otros bonitos? ¿O sólo respondemos de manera inconciente a una imposición cultural que nos llega de tiempos remotísimos?

Malgastamos una buena parte de nuestra vida tratando de tapar olores desagradables. Desde nuestra propia transpiración hasta la humedad de los techos, pasando por todos los etcéteras imaginables. Las soluciones pueden ser tan simples como un poco de desodorante para cubrir la pestilencia propia del sudor de las axilas o tan compleja como construir un country o un barrio cerrado que esté distante de la concentración de humos emanados por autos, camiones y fábricas.

Se calcula que en la historia de la humanidad ya vivieron unas 3.000 billones de personas. Todas, absolutamente todas, debieron ir al baño después de una ingesta alimenticia. Sin embargo, al día de hoy, si nos urge cagar en una casa en la que estamos de visita y el resultante es una podredumbre irrespirable, entramos en una situación cercana al pánico y podemos quedarnos durante un buen rato en el cuarto de baño, tirando de la cadena e intentando diversos trucos, uno más inútil que el otro, para amainar el impacto que producirá en los demás el olor a mierda, que por supuesto tenderá a emerger ni bien la puerta se abra. Es decir, nos da más vergüenza que aspiren ese aroma que sale de nuestro cuerpo a que consideren que somos unos sociópatas que gustamos de estar dos horas encerrados en un ambiente de uno por uno que sólo cuenta con un inodoro, un bidet, un lavabo y, si la casa no tiene toilette para las visitas, una bañadera.

Los olores desagradables son inevitables y tienen el poder que sólo consiguen esos elementos que nadie quiere, como las cucarachas. No importa cuánto tiempo ni esfuerzo se emplee en ocultarlos, siempre habrá más, aparecerán nuevas variedades, mutarán hacia estilos alternativos. Lejos de deleitarnos con ellos (siguiendo la lógica de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”), generamos una cultura de combate, con todo un arsenal que incluye desodorantes, perfumes, aromatizantes, jabones y muchos otros productos que, ironías al margen, generan contaminación y olores nauseabundos en los sitios en los que se fabrican.

Con todas esas herramientas en la mano, salimos en nuestra cruzada contra los malos olores, como para dejar en claro que entendemos que es de persona bien educada estar arrepentido por transpirar, defecar, orinar y hasta pudrirse después de muerto. Y también para dar el mensaje de que no nos vamos a quedar de brazos cruzados: que llenaremos nuestra zapatilla de talco hasta que el olor a pata desaparezca o hasta que sea el pie el que desaparezca debajo del talco; que abriremos todas las ventanas para permitir que circule el viento y se lleve con él ese dejo ácido que produjo el nene con el pedazo de vómito que se mandó en medio de la alfombra; que echaremos una buena cantidad del desodorante de ambiente con aroma a pino para tapar esa combinación de dejo de semen, flujo vaginal y dos sudores diferentes que sólo puede describirse como “olor a sexo”, sólo para que nuestros padres no descubran que incumplimos la prohibición de traer chicas a casa duranta alguna tarde adolescente.

La necesidad frenética de cubrir olores desagradables no conoce de clases sociales ni de presupuestos. Lo mismo da quemar fósforos en una letrina para ocultar las consecuencias de un número dos que encender una vela de aromaterapia con esencia de vainilla para refrescar un poco el playroom.

Es verdad, muchas veces el hombre intenta volver a su estado primigenio de contacto con sus olores. De ahí que se sacuda la sábana para dejar emerger los vapores de un pedo nocturno (en un efecto conocido, precisamente, como “sabanita”) o que haya un movimiento instintivo, casi un tic, que obliga a los seres humanos de sexo masculino a llevarse dos dedos, en general el pulgar y el índice, debajo de las fosas nasales justo después de una rascada de testículos.

¿Cómo habrá surgido esta cultura de buscar aromas placenteros allí donde sólo puede haber hediondez? ¿Habrá sido realmente un mecanismo de defensa del ser humano para no estar viviendo a pura arcada? Los animales no sólo parecen sentirse cómodos con los olores que ellos mismos producen: los utilizan para mejorar sus posibilidades de supervivencia y, por qué no, de disfrute. Porque son esos aromas, no siempre agradables, los que les indica para qué lado está la comida y en qué dirección se encuentra el peligro, cuál es el mejor momento del año para arrimar a la patrona a puro cachondeo y cuál el mejor para hacerle un mimo como quien no quiere la cosa y salir corriendo. Y, fundamentalmente, avisa cuándo el animal ése que tienen enfrente y que parece buscar pelea está asustado o plantado sobre sus patas con total resolución.

Esto hace pensar en una segunda opción. Tal vez no usamos esos kilos de desodorantes, perfumes, jabones, velas aromáticas, hierbas y flores porque necesitamos que los ámbitos que pisamos huelan bien. Tal vez lo hacemos por una imposición cultural ancestral y todo fue un invento de algún líder político de antaño que, inseguro en su cargo y temeroso de que todo el mundo pudiera olfatear sus intenciones, armó una conjura de pétalos de rosa para confundir a sus adversarios.

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