El viajar es un placer

La crucifixión cansina

Posted on: agosto 10, 2009

En el medio de una plaza frente al Cabildo de Asunción hay una cruz en homenaje a los mártires de la patria. Un hombre de 27 años consideró que era uno de ellos y decidió encadenarse al símbolo religioso (no en sentido figurado, eh) hasta tanto se atiendan sus reclamos (Live, from Asunción).

Cristian paseó su infancia y su adolescencia en la Argentina hasta que a los 14 la tía con la que compartía el hogar decidió morirse y él se vio obligado a retornar a su Asunción natal. Aquí trabajó toda su vida como empleado público hasta que hace alrededor de un año, le dieron de baja. No conversamos tanto como para que me expusiera los motivos, pero sí lo suficiente como para que me dijera que, según su óptica, el despido había sido injusto.

Y así como Jesús aceptó la crucifixión como una forma de salvar al hombre, Cristian la entendió como una forma de salvarse a sí mismo. Se encadenó a la cruz que está ubicada justo enfrente de su antiguo trabajo, llenó los alrededores de carteles en los que se expresa qué es lo que demanda y se paró a esperar. Pero, en su cálculo, fallaron dos variables: la primera, que no esperaba que nadie del Estado le llevara el menor apunte (aunque él habla de una visita de algún ministro que no dejó ningún saldo positivo posterior); la segunda, que estas acciones de impacto tienen que causar réditos muy rápido, porque si no se corre el riesgo, como le ocurrió a Cristian, de formar parte del paisaje.

Como el hombre lleva un año así estacado, la gente pasa y ya ni lo mira, la policía lo saluda (nefasta confirmación de que no lo consideran un peligro en absoluto) y hasta la pose de Cristian se volvió más decaída, al punto tal que más parece una abuela que se sentó a tomar el tereré de la tarde que un tipo que está dando su vida para salvar al hombre. “A veces vienen algunos amigos a visitarme, pero mucho no pueden hacer”, me dice. “Eso sí, cuando me traen cigarrillos me salvan… ahora, por ejemplo, me vendría bárbaro un cigarrillo”, agrega con intención. Le explico que no fumo y que no se divisa un kiosco a 800 manzanas a la redonda y Cristian me devuelve un encogimiento de hombros (señal de que las cadenas están flojas, por otra parte) y un rostro de resignación.

Esa caída de espíritu, sin embargo, no se hace extensible a su protesta. A pesar del tiempo transcurrido y del silencio oficial, a pesar de que exige que le paguen completo el año y de que nadie ha atinado a abonarle al menos la última semana, el hombre sigue ahí, firme (no tanto), convencido de que no tardará el día en el que podrá reencarnar en empleado público.

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4 comentarios to "La crucifixión cansina"

Muchos en mi país piensan que están igual…

Hoy pasé por ahí acompañando a otro periodista…

HABRIA QUE LLEVARLE TAMBIEN….CHIPA CALENTITO….PARA ACOMPAÑAR EL TERERE….

DIEGO
TEOTIHUACAN
MEXICO

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