El viajar es un placer

El día que lesioné a La Fata

Posted on: junio 16, 2009

Todos los veranos ochentosos me pasaba lo mismo: volvía de mis vacaciones de Mar del Plata y estaba pálido, casi transparente, en contraposición a mi bronceada familia. Claro, cómo iba a ganar algo de color si durante el tiempo que el sol estaba en el cielo yo me plantaba en la puerta del Hotel Iruña, a menos de una cuadra del mar, me apoyaba en el auto que hubiese tenido la mala suerte de estacionar justo ahí ese día (y digo “mala suerte” porque, para estar yo más cómodo, solía poner la pierna en escuadra y apoyar la zapatilla en la carrocería, untándolo con una porción de cuanta porquería hubiera pisado en esa jornada) y me quedaba esperando a que saliera alguno de mis ídolos del plantel de Boca, concentrado allí para jugar la Copa de Oro.

Con la experiencia acumulada (era mi cuarta temporada de vigilia consecutiva, ya había paseado mi fanatismo en años anteriores por el Provincial y por algún otro que no recuerdo), a esta altura, 1987, sabía que no me iba a topar con un Loco Gatti ni con un Comitas, porque no salían nunca. Pero siempre estaba la posibilidad de robarle un autógrafo a un Pasucci, a un Melgar, a un Hrabina y hasta, si la cosa estaba en calma y no había muchos enfermitos como yo rondándolos, de darle a alguna de estas estrellas unas suaves palmadas de aliento en el hombro al grito de “¡vamos X, eh!”, siendo “X” el apodo del susodicho.

Cuando vi la imagen de Rinaldi, una figurita medianamente difícil, asomando por la puerta giratoria, me obnubilé. Por eso es que salí corriendo en diagonal, subiendo los escalones de mármol que permiten llegar al lobby del Iruña de dos en dos. Mi ceguera fue tal que no me di cuenta en ningún momento de que había alguien bajando esos mismos escalones en línea recta y que, por una desgracia pitagórica, su recorrido de cateto hizo vértice con mi andar de hipotenusa, lo que provocó un impacto seco de mi rodilla contra su muslo. Una paralítica, bah. “Taqueteparió”, silbó hacia adentro la víctima, al tiempo que se tomó la zona afectada y siguió su descenso a puro rengueo.

“Lo lesionaste a La Fata”, me señaló otro de los pibes que estaba haciendo guardia ese día y que había tocado el cielo con las manos minutos antes, cuando el mismísimo vicepresidente en ejercicio del club, Carlos Heller, le había extendido un billetito y lo había mandado a comprar cigarrillos a un kiosco que estaba justo enfrente. La Fata, un volante que ni siquiera llegaba a la decena de partidos en la primera y al que no hubiera reconocido de no ser por esta advertencia.

Tardé mucho en decidirme si correspondía angustiarme por lo que le había hecho al pobre muchacho o alegrarme por tener en mi haber de anécdotas un golpe certero a un futbolista profesional. Opté por esta última alternativa. Pero, tengo que confesarlo, cuando a la mañana siguiente volvió mi viejo al departamento en el que parábamos de su faena diaria de cacería de medialunas de la Boston, le arrebaté el Clarín de abajo del brazo porque había pasado la noche casi en vela con un feo presentimiento encima. No pude evitar un nudo en el estómago cuando descubrí que este pibe no figuraba entre los once titulares que iban a pararse esa misma noche frente a Independiente. Tuve la horrible sensación de que le había cagado la carrera.

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5 comentarios to "El día que lesioné a La Fata"

Excelente, anoche me acordaba de esa anécdota!

Sí… por suerte no tardé mucho en descubrir que su carrera ya venía cagada, independientemente de que yo lo hubiese lesionado o no…

Enorme anecdota.
Ideal para decorar el post de Edgardo en Imborrable Boca (http://imborrableboca.blogspot.com/2009/07/edgardo-la-fata.html)

Pero en el fondo hasta capaz que le viene bien esta excusa a La Fata para zafar un poco.

[…] algún otro post comenté algunos aspectos de mi torpeza natural y de cómo la utilizo para ir golpeando inocentes. […]

La Fata, un excelente jugador que cohincidio en la peor epoca de Boca

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