El viajar es un placer

Tan pequeña, tan grande

Posted on: junio 3, 2009

La Isla Saint-Louis, en el corazón de París, mide apenas cinco cuadras de largo y dos de ancho. Pero se ha convertido en un punto neurálgico para el desarrollo artístico, gastronómico y turístico de la ciudad (autorrobada de Bacanal).

Al igual que en el cuerpo humano, el corazón de una ciudad se puede detectar porque es el sitio donde con más fuerza se escuchan los latidos. En París, hoy el corazón se ubica en la pequeñísima Isla Saint-Louis, totalmente bordeada por el Sena y cuyo puente homónimo la enlaza con la vecina e imponente Catedral de Notre Dame y sus gárgolas.

Lugar de pastoreo en la edad media (al punto que recibía en esas épocas el nombre de “Isla de las Vacas”), se convirtió en el siglo XVII en el espacio elegido por la elite francesa para construir lujosas mansiones. Es gracias a esto que aparece el primer atractivo de un paseo a pie por la isla: las construcciones fastuosas que se erigen en cada una de sus pocas calles. Dicen los lugareños que Saint-Louis es ideal para dos cosas, alejarse del ruido de París sin salir de ella y recorrer los vestigios de la vieja Ciudad Luz.

Además, la isla agrega un atractivo adicional: hospeda en su mínima extensión una infinidad de restaurantes, cafés, galerías de arte, librerías antiguas… Un dato para destacar es que todos estos nuevos locales hicieron su esfuerzo para armar fachadas que respetaran el aire noble y el aspecto tradicional y encantador que caracteriza a la isla. La arteria principal es la Rue St-Louis en-L’Ile. Prácticamente, todos los negocios se encuentran distribuidos en sus 450 metros de largo.

Además del mencionado St-Louis, otros cuatro puentes salen hacia el resto de la ciudad: el Pont de Sully, que lleva tanto a la Bastilla como a la Universidad Pierre y Marie Curie; el Pont Louis Philippe, que nos deja de frente para llegar al Pompidou; el Pont de la Tournelle, que desemboca justo en el Quartier Latin y el Pont Marie, el más atractivo de todos, que nos lleva a un lateral del Sena con características arquitectónicas similares a las de la propia isla.

Cualquier recorrido recomendado sería impertinente. Lo ideal es perderse, caminar y caminar, hasta haber cubierto todas sus calles.

El mejor plato frío
El primer paso obligatorio es Berthillon, la heladería del lugar, ubicada justo enfrente del Pont St-Louis. Sus más de 100 sabores ya alcanzaron un pedestal de leyenda, aunque, cuando el visitante los cuenta detenidamente, nota que apenas pasan los 60. De todas formas, en esta heladería calidad es más importante que cantidad y en verdad los productos son más que sabrosos. Si la mala suerte muestra una Berthillon cerrada (sus horarios suelen ser caprichosos), cualquier restaurante de la isla tiene helados de primer nivel, como para no sufrir la abstinencia.

Y ya que mencionamos las casas de comida, podemos destacar a la francesísima L´Ilot Vache (cuyo nombre remite a la denominación original de la isla, ubicado en el 28 de la calle principal), con sus vacas multicolores llegadas de todos los rincones del mundo y coleccionadas con énfasis por la dueña del local, y con sus mesas armadas cada una en un estilo diferente. Aquí, las entradas pueden ser los crepes de salmón o la sopa de pescado del día, mientras que entre los principales, el pato asado se lleva unos cuantos aplausos.

En el número 69, los amantes de la cocina local con fuerte influencia internacional tienen su refugio en Mon Vieil Ami, con un estilo más minimalista. Aquí no debe dejar de pedirse el mix de vegetales con foie gras. Una opción de cara al Sena es la Brasserie de l’Ile St-Louis, ubicada en el 55 de la Quai de Bourbon, cuya terraza tiene una impecable vista de París. Se comenta que es un reducto habitual para los políticos locales.

De todas formas, tomar la decisión de cuál lugar correcto para comer es muy difícil, porque el desfile de sitios es incesante y cada uno termina pareciendo más bonito que el anterior. L’Orangerie, Nos Ancestres Les Gaulois, Au Sargent Recruteur, Au Gourmet De l’Isle, Le Tastevin, Tarbouche… Para el café, Le Flore en l’Isle (en el 42 de la Quai d’Orléans): no olvidarse de pedir el platito de trufas de chocolate que acompaña.

Un cacho de cultura
No todo es llenarse la panza con lo que se comió y tentarse con lo que quedó para la próxima visita. St-Louis también se caracteriza por albergar decenas de galerías de arte. De nuevo, lo mejor es dejarse llevar, ver cuáles nos atrapan desde su vidriera, aunque la Amyot (en el 60 de la arteria principal) y la Lemoine (en el 32) suelen ser las más visitadas, al igual que la casa de antigüedades del número 20, cuya colección se vuelve inabarcable para la vista.

El diseño se hace presente en las coloridas carteras de Poudre des Couleurs (en el 22) y La Charlotte de l’Isle (en el 26) presenta esculturas de vacas (a esta altura, símbolo por excelencia de esta isla) y otros objetos de arte moderno. Las marionetas son otro de los principales atractivos de la isla: en Clair de Rêve, justo enfrente de los anteriores, se encuentran títeres con y sin hilos, con motivos que van desde animales y personajes famosos hasta algunas antigüedades. Según cuentan sus dueños, la mayoría de los productos que se exhiben fueron creados por artesanos del cuarto distrito, el mismo en el que se ubica St-Louis. La Librairie de Paris et son Patrimoine, por su parte, impacta con libros antiguos y de colección sobre la historia de la ciudad.

El paseo de compras nos vuelve a llevar al estómago. Mostazas saborizadas, dulces, especias y delicatessen gourmet con acento francés son algunas de las cientos de apetitosas propuestas de L’Epicerie (en el 51). Por supuesto, tratándose de París no puede faltar el queso: en el número 76 es posible testear algunas exquisiteces, incluyendo un brie que va a ser difícil de equiparar.

Un paseo por la historia
Muchas de las construcciones que se ubican en la isla tienen una historia que merece ser escuchada. La Iglesia de St-Louis, por ejemplo, fue diseñada por François Le Vau, consejero de Luis XVIII, en honor a Luis IX y es llamativo ver cómo contrasta la sobriedad del exterior con lo barroco de su interior.

El propio Le Vau fue el ideólogo del Hôtel Lambert, cercano al Pont de Sully y considerado como la mansión más fastuosa de la isla. Y en St-Louis eso es mucho decir. A pocos metros de allí se ubica el Hôtel de Lauzun, cuya leyenda asegura que fue el sitio utilizado por algunos poetas, entre los que se encontraba Charles Baudelaire, para crear hacia 1850 una sociedad de fumadores de hachís.

Para el atardecer, la isla tiene reservado un espectáculo adicional: la caída del sol, que pega sobre la Quai de Bourbon (una de las calles laterales que da al Sena), ideal para hacer una caminata acogedora llevando a alguien de la mano.

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