El viajar es un placer

La ironía del patrimonio

Posted on: mayo 18, 2009

Chiloé es sinónimo de cientos de iglesias de madera que están dispersas por aquí y allá, en todos y en cada uno de los poblados que conforman esta rara isla del sur chileno. Algunas están mejor conservadas que otras. Entre las más deterioradas figura la de Nercón. La explicación que da su cuidadora para esta circunstancia es que “es patrimonio de la UNESCO”.

Nercón es un poblado mínimo que, minutos después de haber dejado Castro en dirección a Quellón, apenas se asoma a la ruta principal, la número 5. Para llegar a su iglesia, hay que apartarse un par de metros del asfalto. Lo hice y, una vez que estacioné mi auto, comprobé con cierta desazón que las puertas del templo estaban cerradas.

Una señora que pasaba por allí con cara de “sólo paso por aquí” percibió mi desorientación y me preguntó: “¿usted viene a ver la iglesia?”. Confieso que tuve mis temores antes de responder. Su tono no era amable ni conciliador, y no podía determinar si quería advertirme que estaba cerrada o prenderme fuego porque una vieja profecía maldita chilota había previsto mi diabólica presencia allí justo para estas fechas. “Mmsssísmsmnosí”, respondí, cosa que pudiera volcarme hacia el “sí” o hacia el “no” durante la repregunta, de acuerdo a las circunstancias. “Porque yo soy la que abre”, me inyectó esperanzas. Le sonreí. No me devolvió la sonrisa.

Ingresé por una puerta lateral después de atravesar una buena porción de tierra con fango y descubrí un interior bellísimo, con muchas de las piezas originales de su época de construcción, en el siglo XIX (tengo la fecha exacta en algún lado y muy pocas ganas de buscarla, sepan disculpar… o googleen, que para eso están en Internet). Me llamó la atención que una de las columnas principales de madera estuviera toda carcomida. Y que bastantes fragmentos de iglesia, aquí y allá estuvieran más que deteriorados (aunque, en honor a la verdad, más me llamó la atención el equipo de audio ochentoso que estaba junto a la tarima donde estimo que el cura hace la misa y que servirá, sigo estimando, para mejorar el tema de sonido). Así que me trencé en una charla de esas que no llevan a nada con esta señora a la que, falencia periodística, nunca le pregunté su nombre:

– Qué pena –dije.

– Una verdadera pena –me respondió.

– Sí, sí, una pena –dijo otro turista, con tonada chilena, que había llegado minutos antes que yo.

– Habría que restaurarla –agregué, considerando que ya todos los presentes nos habíamos apenado y que podíamos pasar a otro tópico.

– No se puede –me contestó la señora.

– Ah… ¿muy difícil? ¿muy costoso? –indagué.

– No, nada de eso, si la gente de acá del pueblo se muere de ganas por arreglarlo –me desorientó.

– ¿Entonces? –seguí indagando.

– No se puede arreglar porque esta iglesia es patrimonio de la humanidad de la UNESCO y sólo ellos pueden restaurarla –me conferenció.

– Ah… ¿y para cuándo planean hacerlo? –ingenueé.

– No sabemos… está en este estado hace muchos años –concluyó.

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2 comentarios to "La ironía del patrimonio"

Descontando que la UNESCO eligió apenas un 10 % de las que aún están en pie…

Es verdad, Castro. Y me hiciste acordar de un dato adicional: hubo al menos una iglesia que se desplomó de vieja hace no mucho tiempo (creo que 1988).

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