El viajar es un placer

La autenticidad al palo… o casi

Posted on: febrero 10, 2009

La Lechuza, ubicado en Navarro, a 140 kilómetros de Buenos Aires, cumple con todos los requisitos para ser considerado un verdadero restaurante de campo. Bueno, con todos todos, lo que se dice todos, no.

Para llegar a La Lechuza hay que andar atento por la Ruta 41 camino a Navarro, porque unos 1000 metros antes de la rotonda que marca el ingreso a esa ciudad aparece el único hito que nos avisa de la existencia de este restaurante: un poste en el borde de la ruta, de un poco más de un metro y medio de altura, pintado en rojo y blanco como esos artilugios giratorios que solía haber en las puertas de las peluquerías.

Al costado del poste se abre un camino de tierra que, si se lo transita durante un par de kilómetros largos, justo hasta un lugar con un cartel apenas visible que dice “Estacionamiento”, uno habrá dado los pasos correctos para poder sentarse a comer.

Frente a ese garage improvisado bajo los árboles se erige una casa que, desde afuera, parece extraída de una pintura de Molina Campos (adentro, don Florencio tiene su justo homenaje, con reproducciones de sus obras en las paredes), pero nada más: ni un cartel de neón que diga “La Lechuza”, ni movimiento incesante de turistas, ni olor a asado invadiendo el aire… La primera sensación es que justo tocó llegar un día que está cerrado. Pero de repente aparece alguien para avisarnos que está todo bien, que nos están esperando.

Desde ese momento, comienza una vivencia que puede considerarse como estar en un auténtico restaurante de campo. Elementos sobran. El salón tiene techo de paja y mesas largas de madera, con bancos de madera sin respaldo igual de largos, en la que entran varios comensales, hayan venido juntos o no. El suelo es de tierra y la música que atrona es exclusivamente folklórica. El menú es fijo (es decir, uno puede comer sólo lo que a la cocinera se le antojó cocinar ese día) y los platos son tan abundantes como deliciosos. La bebida se sirve en botellas grandes y las moscas reglamentarias de todo restaurante de campo revolotean sin parar y con cierto ritmo, como si les pagaran un sueldo para que hicieran eso. La atención es excelente y al cabo de un rato uno tiene la sensación de que es parte de la casa, que está comiendo allí para juntar fuerzas para seguir arando durante la tarde o para poder empezar a cosechar lo que sea que se haya plantado.

Un solo elemento rompe la ensoñación: los 70 pesos por persona que hay que abonar para almorzar ahí. En el instante en el que llega la cuenta, independientemente del contexto, es imposible pensar, un poquitito aunque sea, que uno se equivocó de camino y que terminó comiendo en Palermo Hollywood.

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2 comentarios to "La autenticidad al palo… o casi"

Ah, me olvidé del menú: entrada con empanadas de carne (de uno a diez, diez puntos), siguió con pollo con salsa de ajo y limón con papas y batatas al horno (el pollo, ocho, la papa, ocho, la batata… floja), siguió con ravioles (entre once y doce puntos) y cerró con un flan casero con dos kilos de dulce de leche (catorce).

Lo mejor es que te dejan llevarte los pastelitos que viene con el café y podés seguir comiendo en la ruta de tierra de vuelta… Pi!

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