El viajar es un placer

Permuto bife de chorizo por líquido iluminado

Posted on: noviembre 21, 2008

Una fuente con aguas danzantes y lucecitas de colores. Eso es todo lo que quedó en la manzana que componen, entre otras, Belgrano y Buenos Aires, justo enfrente del casino y a dos cuadras de la Bristol, en Mar del Plata (remanentes lejanos de mi visita al Festival de Cine).

Desaparecieron las decenas de casas de empeño que se aprovechaban de los jugadores empedernidos que, después de que les cantaran todas las bolas en contra en el casino, seguían confiando en que sus pálpitos pronto se volverían certeros y estaban dispuesto hasta a vender esa cadenita de oro que les había legado alguna abuela en su lecho de muerte. Tampoco existe ya la astuta mendiga de anteojos de marcos gruesos, pelo recogido y pollerón suelto que la hacía a veces flaca y a veces gorda, que sabía llamar “rubio” al más morocho y “delgado” al más robusto, tal vez para causarles simpatía. Y, lo que más me duele en lo personal, tampoco está más en pie “La estancia de Don Pepito”, proveedor de algunos de los más deliciosos bifes de chorizo que he probado en mi vida.

Mis vacaciones de la infancia están emparentadas de manera simbiótica con la eterna cola que había que hacer afuera de este restaurante, atendido de manera anárquica y déspota por Don Amadeo (¿o era Don Amador?), un gallego casi calvo, regordete y cascarrabias que no tenía empacho en destrozar a gritos a cualquiera que osase avanzar un lugar en la cola, pero que también le daba duro a cualquiera que desarmara la fila, que se apoyara sobre el vidrio (gracias al cual uno, desde la calle, podía ir relamiéndose con esas cazuelas color terracota repletas de pastas o esas porciones de cornalitos sobre bandeja de metal que los mozos traían y llevaban a gran velocidad, haciendo un equilibrio casi circense) o, incluso, a cualquier miembro de su personal que derramase sin querer vino sobre un cliente o que rompiera un vaso.

Viéndolo desde la distancia, no deja de sorprenderme cómo en tantos años nadie le descerrajó un puñetazo o, al menos, una puteada a Don Amadeo, quien llevaba consigo la desgracia de haber sido fagocitado por su propio emprendimiento y que todos lo llamaran, como no podía ser de otra manera, Don Pepito. En lugar de eso, los retados se sonrojaban, trataban de ganar su amistad, comenzaban a comportarse bien. Como si los miembros de la cola fuesen los hijos traviesos de Don Amadeo que, regañados en público, pretenden hacer las paces de inmediato.

Entiendo que Don Amadeo murió, poco tiempo después de que su restaurante fuera derrumbado por el genio municipal que supuso, seguramente con un maravilloso Power Point que mostró a sus colegas, que una plaza allí abriría la vista del casino y atraería más turismo o, al menos, sumiría en la perdición más rápidamente a los ludópatas que estuviesen paseando por La Feliz y resistiendo las tentaciones al máximo de sus posibilidades. Por todo esto, desde el día en que tiraron abajo “La estancia de Don Pepito”, es que cada vez que veo una fuente me muero de ganas de comer un bife de chorizo.

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2 comentarios to "Permuto bife de chorizo por líquido iluminado"

[…] post by El viajar es un placer 20 November 2008 in Casino Orleans […]

Buenísimo recuerdo. El neón le gana a las brasas. Check.

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