El viajar es un placer

Un camino de mierda

Posted on: noviembre 17, 2008

Dicen los que saben que uno de los mejores lugares del mundo para ver la puesta del sol es Oia, en uno de los extremos de la volcánica Santorini. Cuando uno baja del barco que lo deposita en esa zona de la isla griega, mira hacia arriba y calcula que deberá subir al menos 800 escalones para poder llegar al sitio indicado, comienza a dudar de esa afirmación.

Ni bien se recorren tres o cuatro metros de la orilla, aparece un señor que aparenta unos mil años y cuya cara ya no tiene espacio para otra arruga. Viene con paso cansino y, de su mano izquierda, pende una correa que en el otro extremo lleva enganchado tres o cuatro burros. El hombre, con un inglés deficiente (aunque, tíldenme de paranoico si quieren, da la sensación de ser fingidamente deficiente, como si el tipo hablara tan bien como cualquier nativo de Liverpool pero cometiese errores básicos frente a los turistas, para aumentar la sensación de mendicidad que transmiten su mirada y sus ropajes, inspirar más lástima e incrementar sus propinas) ofrece hacer toda la subida a lomo de burro por unos pocos dólares.

Cuando uno viene de un all inclusive y su última actividad antes de subir al barco que lo depositó aquí fue jugar al burako con sus compañeros sexagenarios de viaje, la propuesta es más que atractiva. Sin embargo, la gente joven suele rehusarla, poniendo siempre cara de deportista extremo antes de decir que no a esta suerte de arriero bizarro. Ante el primer muchacho que dice “tengo ganas de subir caminando, si no le molesta, me parece una experiencia imperdible”, se sienta un precedente trágico por el cual a todos sus coetáneos (o menores) les pica un orgullo que les impide montarse sobre el animal.

Si uno levanta ligeramente la vista, ve decenas de estos señores, por lo que ve varias decenas de estos burros. Una cuestión divertida que se da es cuando un donkey’s provider engancha muy rápido a una clienta (en general, señoras muy mayores, muy teñidas y con sombreros muy aspaventosos) y luego la va paseando por toda la orilla, ya sentada en su burro, mientras intenta vender los otros tres.

A simple vista, el transporte ascendentes de jovatos es un negocio en el que todos ganan: el hombre se lleva su dinero, el paseante llega con aire para ver el ocaso y el burro tiene qué comer a la noche. Sin embargo, hay un gran perdedor: aquel que decide subir a pie y que no calcula, antes de emprender su fatigosa caminata, que tendrá que aguantar la respiración casi todo el trayecto si no quiere morir de asco, correrse velozmente hacia un rinconcito cada dos por tres si no quiere morir pisoteado por el tropelcito que baja a toda velocidad cada tanto para buscar nuevos clientes y sortear una cantidad incontable de soretes, producidos por esos quinientos burros de ida y vuelta varias veces por día a lo largo de muchos siglos, si no quiere morir desnucado contra una piedra después de un resbalón.

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1 Response to "Un camino de mierda"

Los riesgos del viajero…

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