El viajar es un placer

En la cocina, como buen sudaca

Posted on: septiembre 17, 2008

No es fácil para un periodista argentino cubrir un evento global como es el London Fashion Week. Es que el mundo tiene categorías y, hoy por hoy, América Latina pelea palmo a palmo con África por obtener el último puesto en la consideración de los agentes de prensa europeos (Live, from Londres).

Cuando entre el correo que recibí en mi habitación vislumbré la invitación al desfile que la diseñadora Nicole Farhi había organizado en el Royal Opera House, en pleno Covent Garden, lo primero que pensé fue: “lo que es codearse con las grandes ligas”. Es que me imaginé allí, en las filas de sillas que bordean las pasarelas, admirando el trabajo de las modelos, luciendo los últimos ídems de la creadora.

Tal vez por ese estado de ensoñación que me generó el verme sentado al lado de las editoras de las ediciones internacionales de Vogue, Elle, Vanity Fair y cuanta revista femenina de prestigio exista, es que no me percaté que en un rincón de la reluciente tarjeta decía, escrito con birome, “standing”.

Cuando llegué al evento descubrí con claridad la diferencia: los periodistas del primer mundo tenían su asiento reservado, mientras que los del tercer mundo en adelante quedábamos confinados a estar parados en un balcón, a unos ochenta metros del punto más cercano por el que pasaría una modelo.

Este castigo, particularmente, se convirtió en un premio para mí (debido, en gran parte, a que me daba lo mismo estar ahí o en otro lado; si no, estimo que lo hubiera sufrido bastante). Es que quedé tan en un rincón que me ubiqué justo encima de la “cocina” del desfile, desde donde pude presenciar al joven gordito con auriculares que indicaba a las modelos cuándo debían salir; presentir que una chica estaba haciendo sus primeras armas en el rubro, por la desesperación con que necesitaba un gesto de apoyo (una palmada, un apretoncito de manos) por parte del mencionado joven; observar a una señora mayor y muy estricta, de unos 60 años y totalmente canosa, que acomodaba las prendas de las chicas justo antes de que se muestren al público; admirar al señor calvo y exageradamente amanerado que, cepillo en mano, retocaba cada pelo de las chicas y hasta adivinar quién era la propia Nicole, la más tensa, la más inquieta…

Todo este manojo de gente trabajaba justo debajo de mí, invisibles para todos, menos para mis ojos. Eran muchas personas en muy poco espacio y se mantuvieron en posición de alerta hasta que se escucharon los aplausos del público, momento en el que todos se relajaron, menos la señora mayor sargento, que seguía dando indicaciones a las chicas.

Desde el punto de vista personal, puedo decir que me fascinó ver seres humanos, de carne, hueso y sufrimiento, tan cerca de la pretendida perfección que el mundo de la moda quiere vender. Desde el punto de vista periodístico, lo único que sé es que si me llegan a encargar una nota sobre el desfile de Nicole Farhi, no tendría idea de qué carajo poner.

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1 Response to "En la cocina, como buen sudaca"

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