El viajar es un placer

¡Lu dedu! ¡Lu dedu!

Posted on: agosto 28, 2008

La primera vez que crucé las fronteras de Argentina tenía sólo cinco años. Viajé a Uruguaiana con mi familia en un Renault 12 tan, pero tan full, que hasta tenía cinco falanges colgando del portaequipajes.

En agosto de 1980 llegué a Uruguaiana. Esto marcó muchos hitos en mi vida: fue, con sólo cinco añitos en mi haber, la primera vez en mi vida que crucé la frontera de Argentina; es, hasta la fecha, el viaje más largo que hice en auto (aunque manejó mi papá); es, aún no superado, el viaje más bizarro que me tocó hacer.

Pongámonos en contexto: Renault 12 berlina celeste cero kilómetro impecable y la imperiosa necesidad, en épocas de plata dulce, de traer televisores a color que acá costaban una fortuna y que allá eran una verdadera bicoca.

¿La tripulación? Una tía, un tío y una madre medianamente razonables y un padre que obedecía, de manera ciega y guiado por su más puro amor, a su pequeño retoño, irrazonable pero bastante manipulador. El día planeado llovía de tal forma que, de estar todavía vivo, Noé hubiera corrido a buscar las herramientas y a comprar madera. Cuando todavía faltaban más de 1.000 kilómetros, el agua que caía sobre el auto impedía ver más allá de uno o dos metros. “Volvamos”, decía mi tía. “Volvamos”, decía mi tío. “Volvamos”, decía mi madre. “Seguí”, decía yo. Y mi papá seguía.

A la distancia y con recuerdos que se sostienen más por haber escuchado las anécdotas miles de veces que por tener frescas las imágenes en la memoria, puedo enumerar una serie de hechos lindantes con lo inverosímil que se sucedieron, uno detrás de otro, en el breve lapso de tres días que duró toda la odisea: como cuando cruzamos una vía que casi no se percibía y el tren estaba a poquitísimos metros de nosotros; o cuando mi tío –acostumbrado a hacer el trayecto Buenos Aires-Mar del Plata en auto- expresó con total seriedad “acá hasta las vacas son raras”, al tiempo que señalaba un grupo de chanchos; o cuando presos del terror (porque el barrio en el que estábamos no era precisamente “amigable”) entramos lo más rápido que pudimos en la casa de familia donde decidimos pasar la noche dejando los bolsos del lado de afuera, bolsos que seguían allí, incólumes, a la mañana siguiente; o cuando en el medio de la segunda noche, se escucharon estruendosos nudillazos en la puerta al grito de “abran, es la policía”, porque los muchachos se habían equivocado de puerta.

Sin embargo, el mayor recuerdo que guardo de este viaje (junto con la caja de 36 pinturitas de colores que me compraron) fue la terrible experiencia que vivió el osado adolescente (¿qué tendría? ¿13, 14 años?) que se nos acercó con una sonrisa blanquísima que destacaba en su rostro apenas moreno ni bien pusimos una rueda en la ciudad, ofreciéndonos un lugar para dormir. Era una casa de familia, cómoda y segura, y una gran oportunidad, porque prácticamente no había plazas disponibles debido al exceso de argentinos que habían llegado justo en esa fecha, aprovechando, si no me equivoco, un feriado largo por la muerte de San Martín.

El joven fue invitado a pasar al asiento trasero del Renault 12 y se ubicó del lado de la ventanilla, justo al lado de mi tía, que estaba al lado mío, que estaba al lado de mi madre. Mi tía, para acelerar la situación, tomó la manija y cerró la puerta con todas sus fuerzas. Entonces se dio esta conversación bilingüe (el muchacho era lusoparlante):

Joven: ¡Lu dedu! ¡Lu dedu!

Tía: ¿Qué decís querido? ¿Lutedu? ¿Qué es lutedu?

Joven: ¡Ay! ¡Lu deduuuuuu!

Tía: Ay, querido, que no te entiendo. (Dirigiéndose a mi tío) ¿Vos sabés lo que es luderu?

Joven (con lágrimas en los ojos y señalando con la mano izquierda la parte visible de la derecha): ¡Lu deduuuuuuuuuu!

Recién en ese momento mi tía notó que, en su afán de salir lo más rápido posible de allí, había cerrado la puerta segundos antes de que el chico pudiese sacar sus dedos (o, como pronunciaba él en portugués “lu dedu”) del techo del auto.

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