El viajar es un placer

Nueva ley de oferta y demanda

Posted on: julio 7, 2008

Cuando un objeto es exhibido para su venta es porque, potencialmente, habrá algún comprador interesado en él. Este es uno de los principios fundamentales del comercio, que, por lo que se ve, uno de los puesteros de la feria de Tristán Narvaja nunca llegó a leer (Live, from Montevideo).

La principal feria callejera de la capital uruguaya es un canto al eclecticismo: en ella conviven desde artesanías en madera y medias de Peñarol y Nacional hasta motherboards usadas y escáneres de otra época, pasando por una importante oferta de DVDs, CDs y juegos de computadora truchos, verduras frescas, mates y bombillas, antigüedades, libros y un etcétera tan grande como la imaginación humana.

El crecimiento de esta feria es anárquico, caótico, desordenado. Ya ocupa unas diez cuadras de la arteria que le da su nombre, pero también unas cuantas de las transversales y hasta de las paralelas.

La sensación general es que un anticuario con buen ojo podría hacer una interesante diferencia económica en un paseo tranquilo por este lugar: porque se ven miles de piezas antiguas tiradas en el piso como si se tratara de basura sin ningún valor, pero un soñador no puede dejar de pensar que allí mismo se esconden tesoros que han sido buscados durante años y que esperan que alguien con buena capacidad de observación o con mucha suerte los descubra y los venda a millones de dólares a un museo o a un gobierno.

También da la sensación de que muchos de los puesteros hicieron una limpieza general de sus casas antes de armar su stand. Si no, no se explica cómo en una sitio que vende remeras tienen expuesto, además, un cochecito para bebé (y justo justo se pasea por allí mismo un niño de unos cuatro años, quien se convirtió hace no mucho en muy grande para montarse sobre el mentado vehículo para lactantes) ni por qué aparecen blusas usadas en un puesto que comercializa, principalmente, mandarinas y hongos comestibles.

Sin embargo, hubo un artículo a la venta que me llamó más la atención que cualquier otro, porque no sirve para nada excepto para conservar un recuerdo (y debe ser el colmo de la no-vivencia llegar al punto de tener que comprar recuerdos ajenos): una foto de un viaje de egresados, con todos los chicos posando, riendo hacia la cámara y semienterrados en la nieve.

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