El viajar es un placer

Con el espíritu de Pinocho

Posted on: junio 13, 2008

La Torre Eiffel es sinónimo de París. El Big Ben remite inequívocamente a Londres. Nadie piensa en Nueva York sin armarse en la cabeza una imagen de la Estatua de la Libertad. Cada ciudad importante del mundo ha sabido conseguir algún símbolo que la represente y la capital chilena no es la excepción. (Live from Santiago, Chile).

Todos los emblemas que representan a una ciudad tienen un punto en común: aunque los estemos viendo por primera vez en vivo y en directo, nos producen la lejana sensación de que estuvimos allí antes, de tanto que los vimos en libros, revistas, programas de televisión, películas, obras de arte y hasta en nuestra propia imaginación.

Muchas veces nos sorprenden durante ese primer contacto real: yo, por ejemplo, hacía mucho más pequeño el Monumento a la Bandera de Rosario (tal vez a causa de que durante toda mi infancia lo vi reproducido en estampillas y billetes y calculé que esa era su escala real) y mucho más grande al Muro de los Lamentos en Jerusalén. Pero siempre, siempre, generan una emoción extraña, como una sensación de estar tocando con las manos algo que hasta ese momento había pertenecido al universo de nuestras fantasías.

Por cuestiones laborales hoy tomé el subte hasta el centro de Santiago, más precisamente hasta la estación Manuel Montt. Apenas comencé a ascender las escaleras que me devolvían a la superficie me percaté de que había un caudal de ruido inusual, en el que se mezclaban cánticos futboleros con ritmos murgueros de tamboriles. Ya en la Avenida Providencia, descubrí un numerosísimo grupo de alumnos secundarios haciendo una gigantesca marcha en pos de una reforma educativa. Aparentemente, piden más equidad y mayor participación del estado para fomentar la educación pública.

Había en verdad miles de chicos, que caminaban en dirección al centro y que ocupaban varias cuadras completas de la avenida. Oteando, era imposible encontrar las primeras cabezas del grupo, ni tampoco las últimas. Lo primero que me llamó la atención era la cantidad de carabineros que había acompañando la marcha. De hecho, no quedaba claro si era una marcha de estudiantes custodiada por carabineros o una marcha de carabineros custodiada por estudiantes. “Es que los chicos se ponen muy revoltosos y tiran piedras”, me explicaron. “Además, la gran mayoría está aquí tonteando”, me aclararon cuando hice algún comentario sobre el gran compromiso de la juventud chilena en el idealismo y las causas perdidas.

Y de repente, cuando estaba a punto de doblar en la esquina para dirigirme a mi destino, lo vi. El emblema representativo de Santiago, el que llenó horas de imágenes televisivas de noticieros en la época pinochetista (y, lamentablemente, después también), el que asocio desde pequeño con esta ciudad y el que, a pesar de que ya llevo más de 20 visitas por estas tierras siempre me había sido esquivo: el viejo y querido camión con forma de tanque (¿o tanque con forma de camión? Quién sabe) que por su “cañón” lanza agua con el objetivo de dispersar manifestantes. O, como le dicen aquí, el guanaco.

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