El viajar es un placer

Monzer’s Style

Posted on: mayo 20, 2008

Al Kassar, traficante de armas, no fue el único que entró y salió del país sin problemas durante el menemismo. Yo, en persona, crucé la frontera en 1999 sin mostrar ni un solo documento.

Tenía un vuelo con destino a Punta del Este a las 9 de la mañana. Llegué a las 8 al Aeroparque y me sentí de verdad solo: nadie había en la ventanilla de Pluna, apenas si quedaba una chica en un mostrador con cara de susto, como si hubiese sido puesta allí por error.

No llegué a tocar esa especie de fórmica acolchonada celeste setentosa que se me aproximó otra chica, con espíritu más azafatoso. Apareció desde un lateral y no tuve tiempo de verla venir. Tal vez se materializó allí mismo. Tal vez era un espectro embarcando futuros cadáveres para un vuelo de condenados. Esta presunción se reforzó aún más cuando me miró fijo y me preguntó: “¿usted es Walter Duer, verdad?”. Dije que sí y mi palabra bastó para que me creyera. “Entonces sígame”, me dijo.

Pasamos a través de puertas por las que ningún pasajero pasa jamás y a cada paso yo iba despidiéndome de la vida. La sensación de que me estaban llevando a un vuelo que jamás llegaría a tierra se afirmaba segundo a segundo. “Es que ya terminamos de embarcar el vuelo de las 8 y usted es el único pasajero del vuelo de las 9, que va a ser cancelado, por eso lo estamos subiendo a éste”, trató de explicarme, como si mi inteligencia fuera tan escasa como para no descubrir que estaba ante un emisario demoníaco (no tengo ni la más remota chance de ir al paraíso, jamás se me cruzó que podía ser un ángel) y que minutos después todos mis familiares y amigos estarían llorando mi suerte. O, al menos, algunos de ellos.

No pude resistirme, ni hacer una escena, ni gritar, ni pedir ayuda. Simplemente, seguí cada instrucción al pie de la letra. Cuando me decía “avance”, yo avanzaba. Cuando me indicaba “espere unos minutos aquí”, yo esperaba. Subí a un avión ya lleno y se me mostró el asiento en el que debía sentarme. Ahí descubrí que no tenía tarjeta de embarque. “Pero los muertos no la necesitan”, dramaticé.

Recién cuando menos de una hora después el avión tocó suelo uruguayo pude relajarme. Descomprimí la mano (que la tenía apretada como si fuese a pegar una trompada, de tan tenso que estaba) y tuve una segunda sorpresa, aún más impresionante que el hecho de haber sido perdonado por las fuerzas del averno: hecha un bollo, tenía en mi palma una cédula de identidad que nadie me había pedido antes de subir al vuelo macabro.

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3 comentarios to "Monzer’s Style"

Yo estuve en la misma situación… se ve que es muy frecuente al salir para Uruguay

A mi me pasó de entrar a Bolivia por La Quiaca, caminando. Y ni a la idea ¡ni a la vuelta, horas más tarde! gendarmes argentinos o policias bolivianos se les ocurrió pedirme un documento, identificación o algo que se le parezca.
Casi casi como pasar de país en país en Europa, pero en el Tercer Mundo y por muy otras razones.

¡Quique! Qué grato tenerte por acá.

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