El viajar es un placer

Al tercer golpe del martillo

Posted on: abril 30, 2008

La semana pasada asistí, por primera vez en mi vida, a una subasta de arte. Se trata de un juego muy interesante en el que afloran todas las mezquindades de la psiquis humana.

Las piezas en subasta eran sillas intervenidas por artistas de la talla de Clorindo Testa, Marta Minujín o Ana Robirosa. Como se trataba de un evento a beneficio (el monto recaudado se donó al Hospital de Niños), los precios de base estuvieron muy por debajo de las cotizaciones que estas firmas tienen habitualmente.

El señor encargado de llevar adelante la puja de precios se mostró muy solvente a la hora de sacar a relucir lo peor de las personas que tenía delante. Es que el hombre sabía manejar el discurso para hacer aflorar a esa bestia egoísta y acaparadora que todos llevamos dentro. De todas maneras, al señor (cuyo aspecto delataba su profesión: pelo canoso abundante rebelde a ser peinado hacia atrás, ojos claros, rostro de oligarca de familia patria nacional, blazer azul impecable con emblema en el bolsillito del lado del corazón) se le notaba cierta cara de sufrimiento cuando tenía que anunciar que el precio de base de un Minujín auténtico era de 1000 pesos y toda la concurrencia ponía cara de “uy, qué caro”.

“Cuando quiero cometer un acto de masoquismo, abro catálogos de subastas de la década del 70 y veo Pettorutis que se cotizaban a 1.000 dólares, y pienso que yo estaba sentado ahí y que no los compré”, contó este hombre a la concurrencia para desasnarla un poco, pero no había caso, las caras de “uy, qué caro” se sostenían incólumes.

Lo que más me interesó del evento, no obstante, fue cómo una sencilla puja por un mismo objeto entre dos o más personas puede sacar a la superficie lo más mezquino que esconde el ser humano. Primero, el juego de la puja está fundamentado precisamente sobre la avaricia inherente a las personas.

La sensación que me quedó es que debido a la tacañería se termina pagando mucho más que si el comportamiento de los fuese osado. En números: si una silla sale con valor de base 1000 pesos y automáticamente saltara alguno y diría “2000”, es casi un hecho que ahí mismo termina la subasta de ese objeto, porque el aumento tan significativamente repentino del objeto hace acobardar al resto, que creerá de inmediato que esa es una liga que escala los precios a un ritmo vertiginoso que está fuera de su alcance.

Pero como la base es 1000, la avaricia humana recomienda no saltar a 2000, porque existe la posibilidad de ofertar 1100 y ahorrar 900 valiosos pesos. Sin embargo, ni bien escuchan “1100”, los otros participantes se envalentonan: sienten que ese es un juego que sí pueden jugar. Así es como, aumentando de a poquito, el precio se va engrosando de manera severa. Y el comprador, el que dijo 1100, que podía haber obtenido el objeto de su deseo por 2000 de haber puesto toda la carne en el asador de entrada, termina pagando 3000, 4000 ó más. Porque la escalada paulatina de precios hace que el impacto sea menor en cada vez. De 1200 a 1300 el aumento es el mismo que de 3300 a 3400. Sólo 100 pesos más.

El segundo punto que me llamó muchísimo la atención (y debido al cual me saco el sombrero ante el inventor de este juego demoníaco) es el de los tres golpes de martillo. La regla es muy sencilla: el mediador, cuando considera que la oferta que ya consiguió es suficiente o cuando parece que en la sala no se va a superar, comienza a golpear con un martillo sobre su mesa de trabajo, al grito de “se vende a la una” (da el primer golpe), “se vende a las dos” (da el segundo golpe), “se vende a las tres” (da el tercer golpe). Hasta que no se produce el tercer impacto, la operación sigue abierta. Es sorprendente, entonces, ver cuántas ofertas se dan después del segundo martillazo. Como si las personas interesadas en el objeto subastado recapacitaran en ese mismo instante que están a punto de perderlo todo.

Sería bueno, entonces, tener un martillero de subasta a nuestro lado durante las 24 horas del día, que cada vez que estamos a punto de tomar una decisión de esas que nos producen arrepentimiento durante años, levante su herramienta y nos advierta: “su decisión va a quedar efectiva recién después del tercer golpe de martillo”.

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