El viajar es un placer

El cuartito del horror

Posted on: abril 23, 2008

Recuerdo la primera vez que viajé como invitado en calidad de periodista: fue en mayo de 1998, yo tenía sólo 23 añitos y me tuve que tomar un avión con unos cuantos colegas con destino a Nueva York. Recuerdo también que otro de los invitados, el más veterano del grupo y el que más millas había acumulado hasta ese momento sin necesidad de pagar ningún pasaje, me dio un consejo de esos que sólo el maestro Yoda puede dar, de esos que no deben olvidarse jamás: “en migraciones, no digas que sos periodista”, me dijo. No pasaron muchos años antes de que deba arrepentirme de no haber honrado sus palabras al pie de la letra.

 

A ver… este bueno señor me habló cual padre que intenta explicar a su hijo los misterios de la vida en una época en que las Torres Gemelas estaban erguidas, en que aquí un dólar se conseguía oblando un peso y en que, tal vez como consecuencia de los dos ítems anteriores, los argentinos ingresábamos a Estados Unidos sin visa.

 

Precisamente en mi primer viaje a la parte de Norteamérica que no es México ni Canadá luego del ataque al World Trade Center fue que tuve la mala idea de ser sincero con las autoridades aeroportuarias. Como descargo, puedo decir que la entrevista en la embajada me había dejado muy paranoico. No sé cuántos pasaron la experiencia justo en la época de la crisis, pero obtener la visa al reino de Bush en 2002 era, al menos, traumático. Es que casi todos los argentinos que aún guardaban algunos billetes tenían la fantasía de mandarse a mudar a cualquier lugar fuera de nuestros límites geográficos y los buenos funcionarios consulares yanquis (que, por otra parte, consideran desde siempre que su país es el mejor del universos y que todos, absolutamente todos, queremos vivir allí) no podían tomarse de tiempo de distinguir quién viajaba por trabajo (como era mi caso), quién a visitar a una madre en su lecho de muerte y quién con destino de ser lavacopas indocumentado ni bien venciera el período de vigencia de la visa.

 

Dentro de los límites de la embajada, debo reconocer, no había ni un atisbo de discriminación: nos trataban a todos como iguales. Es decir, como potenciales lavacopas. Por eso, debíamos responder un cuestionario (en mi caso, ante un funcionario que ni siquiera hablaba bien español, por lo que si me bochaba, tal vez lo hacía por las razones equivocadas) que en muchas preguntas rozaba cuestiones más que personales, delante de unas 200 personas que esperaban su turno detrás de nosotros. Porque uno tenía que decir cuánto ganaba, por qué había decidido dejar a su marido, cómo había descubierto que su hijo se drogaba o dónde había aprendido a armar bombas Molotov frente a una ventanilla símil banco en un cuartito de tres por tres atestado de personas ávidas de obtener el tan preciado documento.

 

Con ese bagaje a cuestas, pasé las 11 horas de un vuelo a San Francisco pensando sólo en qué poner en el papel de migraciones. ¿“Periodista” y faltar al consejo que me había dado años atrás una persona que de entrar en los Estados Unidos sabía mucho? ¿“Docente” y mentirles a esas personas que tal vez habían investigado mis antecedentes gracias a los miembros de la CIA que operaban en Buenos Aires, para ser descubierto y devuelto a mi país de origen? Ya con el avión aterrizando, no tuve alternativa que poner algo. Y puse la opción equivocada, por supuesto. Porque además de todo, vale la aclaración, había una visa específica para periodistas y otra genérica para viajeros de turismo y negocios. Yo había solicitado esta última, porque para obtener la primera era imprescindible trabajar en relación de dependencia con algún medio. Y yo era freelance.

 

Al oficial de migraciones que me recibió no le tembló el pulso. Apenas miró la tarjeta y detectó las letras que formaban la palabra “journalist” me señaló un cuartito y me dijo (en inglés, claro, el hombre no iba a aprender español sólo para mí): “espere allí por favor”.

 

Entré. Era un lugar muy pequeño, pintado del amarillo típico que toman las paredes cuando no han sido pintadas por años y con una iluminación muy blanca. Por alguna razón, no me sorprendió ver que todas las personas que estaban allí esperando su potencial deportación eran latinos. Entonces descubrí que la luz blanquísima tenía su objetivo, porque todos miraban las lámparas como hipnotizados. Me senté en un asiento vacío a esperar mi sentencia. Durante largos cuarenta minutos yo también miré la luz del techo. Tenía conmigo un libro interesante y todo, pero no podía dejar de ver la luz. Cuando ya estaba lo suficientemente atontado, apareció una señora rubia y gorda detrás de un mostrador y me llamó. Pero no como lo haría un funcionario de migraciones que está a punto de patear el culo de un sudaca, sino como una mamá que quiere que su hijo se acerque a comer a la mesa. Incluso usó mi nombre de pila, y le dio cierta musicalidad: “Wooooolter”.

 

Me acerqué y mantuvimos esta conversación en inglés:

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

 

Me miró con desconfianza, como si por fijarme los ojos durante unos segundos yo terminara desarmándome y confesando que en realidad era un terrorista musulmán disfrazado de periodista argentino. “Espere que tengo que llamar a mi supervisora”, me dijo.

 

Fueron otros cuarenta larguísimos minutos, al cabo de los cuales, justo en el momento en que mi retina estaba a punto de estallar por la maldita luz, apareció la supervisora. No puedo describirla porque cuando pestañeaba el recuerdo de la luz generaba una película violeta en el aire que me impedía verla. Se dio más o menos la siguiente conversación.

– ¿Por qué tiene visa de turista si usted es periodista?

– Porque trabajo de periodista, pero aquí no estoy como periodista.

– Pero si usted es periodista, tiene que venir con visa de periodista.

– Pero para sacar la visa de periodista tengo que trabajar interno en un medio y yo soy freelance, por lo que si hubiera aplicado para la visa de periodista no me la hubiesen dado.

 

También me escrutó con detenimiento. Evidentemente, era algo que les habían enseñado en algún curso de defensa contra las artes oscuras, obligatorio para todo e personal. Al cabo de un rato, me despidió con una verdad de Perogrullo: “ahora vaya, pero la próxima vez que venga a Estados Unidos, si trabaja en relación de dependencia con algún medio, saque la visa periodista”.

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1 Response to "El cuartito del horror"

pero vos sos salame? Si te habian dicho que no lo dijeras!
En cuanto puedas, sacate la visa de periodista, es la visa I (de indio), que cuando llgas te ponen Duration Stay (o sea que no tenés límite de estadía, solo hasta que se te vence la visa). Decile a cualquier amigo que tenga una revistita que te haga la carta de recomendación y ya.

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