El viajar es un placer

Sin billetes, al infierno

Posted on: abril 17, 2008

En un post anterior hablé sobre la importancia de saber dar una propina en tiempo y forma cuando se desea conseguir una buena atención en un hotel. Pues bien, la vida está hecha de contraejemplos y uno tiene que saber cuál es el costo real de la tacañería.

El joven vestido de botones sonreía sin parar desde el costado del mostrador del Hyatt de Mendoza. Se trata de un hotel hermoso enclavado en un edificio colonial en el que, de repente, tal vez es posible encontrarse con algún huésped original de la época de la colonia tratando de hacer el check out, tal es la demora habitual en el mostrador.

Al margen de esto, lo que más me llamó la atención durante las siete horas del proceso de check-in fue que el joven vestido de botones (recuerdo su nombre, pero no lo voy a decir acá, porque no es un blog para hacer denuncias y porque no todos tenemos que vestirnos de botones) no aflojó la mandíbula ni una sola vez. De oreja a oreja, con auténtica alegría. Como el alumno que acaba de rendir el último examen en la universidad y que, si bien está esperando la nota, sabe que le fue bárbaro. O como el estreñido eterno que esa mañana, Activia de por medio, liberó una flor de evacuación.

En un momento, su sonrisa se me contagió. Ya no tenía ganas de rogarle a la chica del mostrador que se apurase, ni de decirle que estaba acelerándome el proceso natural de flebitis de tenerme parado allí desde hacía tanto tiempo, ni de agarrar mis cosas y mandarme a mudar a un hotel más berreta pero más veloz (una ilusión falsa, esta última, porque estaba de invitado por una empresa de tecnología y no había calculado ningún presupuesto para gastar en ningún hotel, por más berreta que fuera). Nada de eso. Simplemente, yo también tenía ganas de sonreír. Y así quedamos los dos, cara a cara, como dos tipos felices de verdad.

Quiso la casualidad (en ese momento pensé “quiso la suerte”, para ser honesto) de que fuera ese mismo chico, el de la sonrisa inmaculada, el que tuvo la tarea de acompañarme a mi habitación. Me resistí un poco, porque conocía el hotel y porque, como comenté en el anterior post de la propina, porque quería ahorrarme los dos pesos que se le da al que te lleva las valijas hasta la punta de tu cama. Pero pasó lo que tenía que pasar: su sonrisa me desarmó y segundos después estábamos los dos paseando nuestra happy face por el ascensor.

Me abrió la puerta, me dejó pasar, me llamó “señor”, me hizo una breve descripción de los servicios de la habitación (cosa que hacen todo el tiempo, como si uno no pudiese distinguir un inodoro de un televisor) y llevó su incólume sonrisa hacia la puerta, donde se colocó en pose de espera. Le estiré la mano pero, a diferencia de lo que el muchacho esperaba, de nuestro fugaz contacto sólo le quedó la sensación del apretón. Ni una moneda, ni un billete. Así de tacaño puedo llegar a ser cuando soy huésped invitado en un cinco estrellas.

De repente, como una nube negrísima que interrumpe un cielo perfectamente despejado, sus comisuras comenzaron a juntarse hasta conformar una mueca muy diferente a la sonrisa. “Hasta luego”, me saludó con amabilidad, aunque omitiendo el uso de la palabra “señor”, tan común en los hoteles de altas constelaciones. Me quedé triste porque me sentí el responsable absoluto de la desaparición de aquella sonrisa mágica. Por suerte, la ducha de las habitaciones del Hyatt de Mendoza son geniales (la lluvia cae recta desde el techo como si fueran latigazos, es un masaje de agua) y curan cualquier malestar del alma en segundos.

Esa misma tarde, salí a dar una vuelta por la plaza que está justo enfrente del hotel, buscando la calle peatonal. Cuando me aproximaba a la puerta mi corazón se alivió: allí estaba el joven vestido de botones, con su sonrisa perfectamente repuesta, cumpliendo otra función: la de abrir la puerta para facilitar el paso de todos los que entraban o salían del establecimiento. Repuse también mi sonrisa, no lo iba a dejar solo, más que nada para que en ese cruce fugaz pudiésemos revivir esos viejos tiempos del check-in, cuando éramos dos irresponsables risueños, y me adelanté con resolución hacia la puerta. Lamentablemente, el joven salió disparado (¿me habrá visto llegar? ¿lo habrán llamado justo en ese momento?) en el instante exactamente anterior al del cruce, dejándome de cara frente a la puerta de vidrio cerrada, con mi sonrisa avara reflejada allí.

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1 Response to "Sin billetes, al infierno"

Las propinas hay que darlas de acuerdo al servicio que te dieron… Que las ganen!!

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