El viajar es un placer

Una ciudad en busca de su esencia

Posted on: abril 15, 2008

Grasse, a quince kilómetros de Cannes, es conocida como la capital mundial del perfume. Sede de tres grandes perfumerías –Marinard, Fragonard y Galimard-, toda la villa está impregnada de aromas y cubierta de flores (autorrobado de Bacanal).

El enfleurage es una técnica utilizada en perfumería que consiste en poner en contacto las sustancias aromáticas con una grasa especial (grasse, en francés) que logra apoderarse de su esencia y conservarla. Durante siglos, este método fue el secreto mejor guardado de esta ciudad tapizada de flores.

Grasse queda a sólo quince kilómetros de Cannes, la aristocrática ciudad balnearia de la Costa Azul famosa por albergar uno de los festivales de cine más prestigiosos de todo el mundo. Esta ciudad, no menos aristocrática y sinónimo de refinamiento y buen gusto, es conocida como “la capital mundial del perfume” y sindicada como el sitio donde nació la industria de los aromas. Ha sido el albergue de los más destacados perfumistas de las últimas tres centurias. El sitio está favorecido por un microclima –cercanía del mar, cercanía de las montañas, un aire con una pureza inexplicable- que facilita la plantación de diversos tipos florales. Esa condición, además del desarrollo de técnicas como la mencionada, fue lo que hizo que el negocio del perfume explotara durante el siglo XVIII. El Museo de la Perfumería, uno de los orgullos locales, muestra las desventuras y los avances en la materia conseguidos por los expertos de la ciudad a lo largo de la historia.

Si hasta Patrick Süskind, en su novela “El perfume” (llevada al cine el año pasado por Tom Tykwer), muestra a Grasse como el paraíso para aquellos cuyo olfato sabe distinguir lo que es bueno de lo que es malo y a su protagonista, un tal Granouille, como un verdadero especialista en aplicar la técnica del enfleurage para capturar la esencia aromática de mujeres, a las que previamente asesinaba.

La ciudad está cubierta de aromas y un punto de partida ideal para comenzar a olerlos es la Place aux Aires o en alguno de los cafés circundantes. Estos ámbitos recuerdan los de los cafés parisinos, con dos ingredientes adicionales: la calma que los circunda y la visión de flores de todo tipo adonde quiera que se dirijan los ojos. Incluso, cuando uno posa la mirada entre dos baldosas o en algún punto medio de algún perdido paredón, allí verá, justo entre las junturas, un pequeño tallo con el capullo arriba. De hecho, las flores invaden todos los aspectos de la vida de Grasse y lo más probable es que junto con el café aparezcan dulces caseros hechos con jazmín, flor de naranjo o rosa.

Galimard, Molinard y Fragonard
Como en toda ciudad con callecitas que van y vienen, suben y bajan, lo mejor que se puede hacer en Grasse es caminar sin un rumbo fijo, perderse, buscar detalles y admirar los balcones (todos, obviamente, llenos de flores). Eso sí, es obligatorio aunque sea entrar unos instantes en la catedral Notre-Dame du Puy y visitar, justo al lado, la Torre del Obispo, construida en el Siglo XII y considerada la construcción más antigua de la localidad.

Aquí hay tres grandes perfumerías. Galimard, fundada en 1747 por Jean de Galimard, un lord local que tenía una profunda amistad nada menos que con Göethe y que llegó a ser proveedor de esencias para la monarquía francesa; Molinard, nacida en 1849, que le vendió agua de colonia nada menos que a la Reina Victoria de Inglaterra en una visita de la soberana a Grasse; y Fragonard, la más nueva en los papeles, ya que fue fundada en 1926, aunque utiliza en realidad las instalaciones de una anterior, cuya data se remonta a 1782.

El turista que llega hasta aquí y que hace el tour “obligatorio” por cualquiera de las tres fábricas se pone contacto con una verdadera experiencia en aromas. Primero, porque, por un lado, en estos establecimientos es posible ver alambiques, máquinas, frascos antiguos y toda la parafernalia que existe alrededor del mundo de los perfumes. Segundo, y fundamental, porque todas ellas proponen como actividad que cada visitante construya su propia eau de toilette. ¿En qué consiste la actividad? Sobre una mesa se acomodan los materiales de trabajo: dieciséis tubos de ensayo que contienen distintas esencias (lavanda, naranja, verbena, entre otras), la misma cantidad de tubos medidores, una hoja con la lista de esencias y una serie de esos cartoncitos que entregan en los shoppings para oler muestras de perfume, precisamente.

Un experto al frente explica de manera somera de qué manera se equilibran los olores que uno tiene delante (cuál es el porcentaje máximo de cada uno que un perfume debe tener para ser aceptable) y, con esas reglas sencillas, los participantes quedan librados a su suerte. Una vez que se hace la mezcla y se le pone un nombre a la fragancia (¿por qué uno va a ser menos que Kenzo o Dior?), llega la hora de la evaluación, a cargo de una persona llamada “nariz”.

Puro olfato
Sí: existe una profesión que consiste en ser una “nariz”. Hay expertos que trabajan en las perfumerías de Grasse que con sólo oler una fragancia pueden determinar sus mínimos matices. “Tiene mucha lavanda”, le dirá a alguien que se excedió con el tubo de ensayo correspondiente. “Es muy cítrico”, aportará a un segundo al que se le patinó el tubo de naranja mientras volcaba su contenido en la mezcla. La capacidad de las narices es sorprendente, dan su veredicto en pocos segundos y difícilmente fallen. Incluso, pueden tomar hasta tres cartoncitos de muestra de tres fragancias diferentes y evaluarlas casi en simultáneo. Dice la leyenda que algunas “narices” son capaces de distinguir hasta 3.000 aromas diferentes de ingredientes, esencias y combinaciones.

El perfume resultante, luego de este examen, se vuelca en un frasquito bonito definitivo, se le pone una etiqueta con el nombre elegido y se trae de vuelta para casa, junto con un diploma que certifica esta actividad, como un recuerdo de que alguna vez pudimos lograr, de cierta manera, aislar una fragancia que nos represente.

A diferencia de lo que muchos creen, la experiencia Grasse no se agota necesariamente en sus perfumerías. Los alrededores de la villa están plagados de miradores que permiten ver la sucesión descendente de casitas casi idénticas y, más al fondo, inmensas plantaciones multicolores con un movimiento continuo de personas, similares a hormigas como consecuencia de la distancia, trabajando en ellas. Así como se pueden visitar las perfumerías, también es posible llegar a algunos de estos campos. Uno de los más concurridos es el Manon, de tres hectáreas, ubicado en Plascassier, a apenas pocos kilómetros de Grasse.

Otra opción es el Jardín du Loup, un sitio de cultivo de frutas para confituras que ha sabido ser recorrido por buena parte de la aristocracia local. Lo mejor: la terraza en la que se puede tomar algo y descubrir que todavía existen lugares en el mundo donde reina el absoluto silencio.

Ayer, alquimistas buscando el secreto mágico de los perfumes, aristócratas atraídos por el refinamiento y el buen gusto, agricultores explotando sus conocimientos para sacar a las tierras el máximo provecho, curiosos ávidos por experimentar nuevas sensaciones aromáticas, fugitivos necesitados de un espacio abierto y poco controlado para trabajar hasta tanto se olviden de ellos. Hoy, comerciantes que buscan buenos acuerdos en el segmento de la perfumería, trabajadores que hicieron de las fragancias su forma de vida, reposteras que tienen ingredientes secretos que sólo ellas conocen y miles de turistas que consideran los perfumes como un imán al que no pueden resistirse. Grasse lleva tres siglos atrayendo todo tipo de personas que, básicamente, están buscando su esencia.

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