El viajar es un placer

Veintinueve langostas y una hamburguesa de pollo

Posted on: abril 3, 2008

Me encanta la vida de mar y probablemente hubiese sido marinero, de no haber mediado un pequeño detalle: mi organismo detesta, desde antes de que yo tuviese uso de razón, todos los alimentos que en algún momento de su vida hayan sabido nadar.

 

Desde muy pequeño, la sola presencia de olor a pescado, mariscos o moluscos llega directamente hasta el fondo de mis tripas y me produce arcadas cinematográficas. Ni que hablar de las oportunidades en que intenté probarlo: vómitos inmediatos y a puro color. Incluso, sucedió en algunas oportunidades que por puro desconocimiento me llevé a la boca alguna empanadita que ocultaba atún o, para peor, anchoas, y que debí tragar cual aspirina, ayudándome con bebida, para no inundar el lugar en el que estaba (un living de Lanús durante un cumpleaños de una vecina de una tía a la que no conocía en absoluto de pequeño, el salón de un hotel de lujo durante un evento corporativo al que había asistido como periodista invitado de adulto) con los restos semidigeridos de mis comidas de los últimos dos días.

 

Para un amante de los viajes, esta circunstancia es una verdadera tragedia. No sólo para él, sino para todos los que lo rodean. Recuerdo la cantidad de veces que en Mar del Plata (destino vacacional ineludible de mi infancia), mis padres literalmente se morían por ir a comer alguna variedad de pesca fresca en el puerto. La excursión siempre tenía la misma rutina: salida en el auto; pasando Playa Grande, mi papá preparaba un pañuelo con perfume que serviría como “distractivo” para mi aparato olfativo; unas cuadras antes de llegar, mi mamá se ponía a mi lado y me incrustaba el pañuelo de la misma forma en que los espías aplican cloroformo a sus víctimas en las películas; cuando yo ponía cara de “lo estoy tolerando bien”, bajábamos del auto; ni bien ponía un pie en la acera, vomitaba el retroactivo de toda la semana; media hora más tarde, estábamos comiendo pastas en Montecatini.

 

De adulto comencé a comprender que la gastronomía, experimentar los sabores de cada destino, es una de las facetas más interesantes de un viaje. Ahí sufrí en carne propia el hecho de estar perdiéndome algo.

 

Lo sentí cuando una colega chilena, en el puerto de San Francisco, se pidió unas almejas (o unos bichos igual de repugnantes) en un puesto callejero, se los sirvieron en un cono de cartón similar al que se usa para las papas fritas y los devoró con una cara de placer que hasta me tentaron a dar una probadita.

 

Lo sentí en el propio Chile, durante una excursión a una zona de playa horripilante llamada El Tabo, cuando le daba vueltas al menú del derecho y del revés y no encontraba el nombre de ninguna parte de ningún cadáver de animal terrestre.

 

Lo sentí cuando en uno de los poquísimos viajes que me tocó estar sentado en primera, en un avión de Aerolíneas Argentinas rumbo a El Calafate, sirvieron ravioles de centolla. Entre el “mmmm” que se escuchaba a diestra y siniestra, apareció mi voz solitaria reclamándole al camarero por alguna alternativa. El hombre se llevó mi plato con cara de “tenemos un tarado a bordo”.

 

Pero más lo sentí en un evento de prensa en Boston, cuando los directivos de la empresa que invitaba nos llevaron a todos los periodistas a cenar. Si alguien prestó atención alguna vez a los emblemas de esta ciudad norteamericana, habrá notado que en algún lugar hay un dibujo de una langosta. Esto es porque parece que ese animal, cuya carne sería exquisita para quienes pueden tragarla, es aún más exquisito por estas tierras. El grupo era grande, unas 30 personas. Nos sentamos y no hizo falta ni siquiera pedir una carta: la decisión de todos estaba tomada. La chica a cargo de nuestro bienestar me miró con cara de pena, miró al mozo y le pidió: traiga 29 langostas… y una hamburguesa de pollo.

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1 Response to "Veintinueve langostas y una hamburguesa de pollo"

Aplaudo este post también!
No odio los productos de mar, pero no los prefiero en un restaurant tampoco. Si hubiese estado en la misma situación, hubiese pedido una hamburguesa también.

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