El viajar es un placer

Diga “treinta y tres”

Posted on: marzo 6, 2008

A nadie en su sano juicio se le ocurriría poner en duda la hospitalidad de los parisinos para atender a los extranjeros. Simpatía, esfuerzo por entender hasta los idiomas más remotos y una devoción por el visitante pocas veces vista en otros rincones del planeta.

 

Ironías al margen, lograr que un habitante de la capital francesa nos sonría, nos indique dónde queda una calle o nos sirva un café sin echarnos una mirada de odio profundo es casi una misión imposible. De hecho, a los pocos días de llegar a la ciudad renuncié por completo al idioma inglés (incluso a la versión que yo utilizo, que dista mucho del que hablan los habitantes de cualquier país angloparlante) porque decir “jelou” o “exquiusmi” en Champs Elysees o en las inmediaciones del Louvre suena, para el receptor, con más fuerza que una puteada. Noté, asimismo, que el español no consigue mejores respuestas, pero al menos amansa la hostilidad. Y, definitivamente, tratar de aprender alguna palabra en francés para caer simpático es aún más negativo.

 

Todavía recuerdo cuando entré en uno de esos barcitos que tienen mesas en la calle y que tan típicos y bonitos son. Tomé aire, conciente de que nunca fui bueno para las fonéticas ajenas, y con la misma voz con que el Inspector se dirige a Do-Do le espeté al mozo: “lun Cocá Láigt” que se lee como “l’une Coca Light” y debería entenderse como “una Coca Light”. El mozo me miró como dándome la pauta de que no tenía ni la más mínima idea de qué estaba yo necesitando. Apelé entonces al lenguaje universal e inequívoco de las señas, con el índice hacia la heladera mostré una Coca Light y luego, con el mismo índice hacia arriba, dije claramente “lun”, o sea, “una”.

 

El señor siguió mirándome un buen rato, indeciso entre ir a buscarme la bendita bebida o hacerme sufrir un poco más. Se decidió por esta última opción: “liun”, me corrigió. Sonreí como agradeciendo su esfuerzo por intentar hacerme hablar un francés cada vez mejor, pero el muchacho seguía parado ahí, al lado mío, con la típica expresión que tenían las maestras de primaria de antaño. Me sentí presionado por las circunstancias, así que no pude más que intentarlo: “liun”, dije, aunque debo reconocer que mi “i” sonaba muy diferente a su “i”. “Liun”, volvió a decir el mozo, de nuevo con su maldita “i”. “Liun”, repetí yo, con la garganta tan seca por los nervios de este inesperado examen de lenguas que necesitaba la Coca cada vez más.

 

Satisfecho no con mi desempeño en la pronunciación de “liun” que seguía siendo bastante deficiente, sino con la cantidad de sudor que emanaba mi frente en pleno invierno parisino, el tipo fue finalmente a buscarme la bebida.

 

Pero mis conflictos idiomáticos franceses no acabaron allí. Ya en el aeropuerto Charles De Gaulle, con todo listo para volver, noté que no tenía muy en claro cuál era mi ventanilla de embarque, así que me acerqué al mostrador de informes. Me imaginé con cierta satisfacción que en el aviso que habían puesto los muchachos de la terminal aérea en el diario se especificaba “buen dominio del inglés” o “se requiere multilingüe”, porque es lo menos que puede esperarse de una niña que brinda informes a personas con necesidad de esos informes y que vienen de diferentes partes del globo. “Acá no puede haber problemas”, pensé.

 

De todas maneras, atiné a mostrarle el pasaje, sólo eso, no abrí la boca, para no tener que volver a vivir la experiencia de examen oral. “Trntrtuá”, me respondió. Asumí que me estaba diciendo un número y que ese  número correspondía justo con el número de ventanilla que estaba necesitando. “Ai don anderstén”, le dije en mi falso inglés fluido. “Trntrtuá”, repitió, inmutable. Como si la simple iteración me permitiera a mí abrirme al conocimiento. “No te entiendo”, dije en español, para que fuera notando que el francés no era ni mi lengua materna ni mi lengua suplente. “Trentruá”, me dijo por tercera vez.

 

Ahí perdí los estribos: “No te das cuenta de que no te entiendo lo que me decís, por qué no hacés el esfuerzo de cumplir con tu trabajo y me contestás ya a qué ventanilla tengo que ir”, le grité. La chica, inmutable, levantó tres dedos: anular, índice y mayor. Me los restregó cerca de la cara y, segundos después, repitió la operación. “Ah, treinta y tres”, dije contento con mi capacidad para resolver “dígalo con mímica”. El rostro de la chica no dio señales de conformidad. Miré en el horizonte y la ventanilla 33 quedaba muy, pero muy lejos. Eché a caminar, entre la esperanza de llegar a tiempo para abordar el avión y la incertidumbre de si esa chica no estaba tratando de advertirme algo que, de haberlo comprendido, hubiese salvado mi vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

NOS MUDAMOS – NUEVA PÁGINA walterduer.com.ar

El espíritu viajero, presente en la práctica. A partir de hoy, todas las actualizaciones se mudan acá. Te espero para seguir viajando juntos.
A %d blogueros les gusta esto: