El viajar es un placer

Hoja rota no se cobra

Posted on: febrero 29, 2008

Hace algunos posts hablamos de lo caro que suele ser todo dentro del universo de un hotel cinco estrellas y de cómo una cocacola o un llamado telefónico pueden vaciar nuestra billetera o hacer agonizar una tarjeta de crédito. Lo positivo es que como son ámbitos muy solemnes, al pasajero en aprietos le queda una alternativa: reaccionar como un desquiciado para evitar que le cobren semejante cargo.

 

En plena crisis de 2001 se me ocurrió viajar a México DF a cerrar trato para ser corresponsal en Buenos Aires de una revista de negocios, Empresa-e (del grupo Mundo Ejecutivo) que, para colmo, nunca me pagó las colaboraciones que hice (aunque esa es otra historia).

 

Me alojé en el Nikko, ubicado en Polanco. El trato desde el primer día por parte de casi todos los miembros del personal era cordial pero frío. Eran atentos conmigo porque tenían la obligación de hacerlo, pero en el fondo sabrían que era un desclasado que tenía sus ahorros capturados por algún banco de más al sur y, por lo tanto, cada vez que me llamaban “señor” se oía un poco fingido.

 

En el medio de la estadía subí a donde se ubicaba el business center a chequear mi correo electrónico, ya que por alguna razón que no recuerdo mi computadora no había viajado conmigo como lo hace casi siempre desde 1998. Llegué y, por fin, la niña a cargo del lugar se mostró en verdad encantadora. Incluso, cuando le pregunté si podía imprimir algunas cosas (iba a estar todo el día en la calle con algunos tiempos muertos, momentos ideales para la lectura de correos que tenía sin responder desde hacía bastante), me contestó con total naturalidad: “allí tiene el papel, señor, imprima lo que necesite”. Por primera vez, escuchar la palabra “señor” dirigida a mí me hizo sentir que estaba enfundado en un frac, aunque llevaba unos jeans rotosos y una remera pasada de moda que me caracterizan.

 

Como por alguna razón exótica tiendo a no abusarme de la generosidad de las personas, algo que intentaré ir revirtiendo de a poco, sólo imprimí tres correos: uno que requería de una lectura cuidadosa para elaborar una respuesta y dos más que tenían partes de un texto que debía revisar. Me levanté con mis tres papeles y mi cara de satisfacción por la tarea cumplida, me dirigí hacia la salida y, como me considero un verdadero caballero, me detuve a saludar a la chica que se había comportado tan gentil conmigo.

 

“Que esté bien, señor, le cargo un dólar con cincuenta a su habitación”, me dijo con una sonrisa que sería la envidia hasta de Patricia Janiot. “¿Perdón?”, me excusé aún sin perder mi propia sonrisa. “Que le cargo un dólar con cincuenta a su habitación”, me repitió, suponiendo que mi “perdón” tenía que ver con que no había escuchado y no con que no estaba de acuerdo con lo que me estaba diciendo.

 

Entonces decidí ser más específico: “¿y en concepto de qué me va a cargar un dólar con cincuenta a la habitación?”. “Porque usted imprimió tres hojas y cada hoja impresa cuesta cincuenta centavos de dólar”, me dijo, también muy específica.

 

La vista se me nubló como consecuencia de la gran cantidad de imágenes que se acumularon allí. Pensé, todo al mismo tiempo, que es un hotel en el que cobran un par de cientos de dólares la noche, que la discusión se centraba alrededor de un dólar con cincuenta (algo que podía permitirme pagar, aún cuando el dólar en la Argentina había trepado a los cuatro pesos y cuando Hadad aseguraba que llegaría a diez pesos antes de fin de año), que así y todo 50 centavos de dólar por una hoja impresa era una exageración y, por si todo lo anterior fuera poco, que nadie me había advertido que “imprimí todo lo que quieras” significaba “que después te lo cobramos”.

 

El humito empezó a salir recto de mis orejas anunciando que mi cerebro ya estaba en ebullición. Necesitaba romper algo para descargar la tensión y empecé a evaluar las alternativas. Si rompía a la chica, seguro me iban a llevar preso y uno nunca quiere terminar en una cárcel en un país extranjero, sobre todo después de haber visto “El expreso de medianoche”. Si rompía las instalaciones, las iba a tener que pagar y el monto iba a estar muy por encima del dólar con cincuenta que habrían motivado los destrozos.

 

Entonces, se me ocurrió una tercera alternativa. “Ah, pensé que eran gratis”, comencé a decir mientras rompía prolijamente las tres hojas impresas. Primero al medio (“si no, la verdad, no las imprimía”), luego en cuatro partes (“porque, para ser honesto, no las necesitaba con tanta urgencia”), luego en ocho (“entendí mal, como me dijiste que imprimiera lo que necesitaba”) y luego en dieciséis. Apoyé el manojo de papelitos mínimos sobre el escritorio y le dije: “no me las llevo, ¿estamos a mano, entonces? No debo nada, ¿no?”. “Claro, señor”, me respondió la niña. Pero ese “señor” sonó, al igual que todos lo que había escuchado en el hotel antes de llegar al business center y todos los que escucharía hasta el check out, totalmente fingido.

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