El viajar es un placer

La llamada fatal

Posted on: febrero 20, 2008

Cuando uno para en un hotel cinco estrellas tiene que contemplar, si no quiere sufrir en el momento del check-out, que todo lo que se ofrece dentro de las instalaciones tiene un costo mucho, pero mucho más alto, que cualquier producto o servicio equivalente que se ofrezca en un negocio ubicado justo al lado. El frigobar y el teléfono quedan absolutamente prohibidos.

 

Todas las habitaciones de hotel de máxima categoría tienen una “puerta maldita”. No se trata de una película de Roman Polanski ni del último relato de Stephen King, sino del frigobar: esa heladerita mínima que guarda mercadería por aproximadamente 8.000 dólares, pero no porque alberga joyas, sino porque una cocacola está tasada en doce billetes de la verde denominación. Y ni hablar de cuánto se pide por el whisky de botellita coleccionable. Si, por ejemplo, usted se considera una persona osada y abre el paquetito de castañas de cajú (que tiene, en total, ocho o nueve castañas), sepa que está consumiendo entre cinco y seis dólares cada diez segundos de su vida.

 

Cuando un niño quiere recoger alguna cosa del suelo mientras camina por la calle, su padre lo reprende al grito de “caca”. Del mismo modo, dentro de la habitación también es recomendable dar un sacudón a cualquier persona que ose siquiera abrir el frigobar.

 

Pero la “puerta maldita” no es el único objeto prohibido en las habitaciones de lujo. El teléfono debe ser mirado de reojo y con desconfianza. Recuerdo una vez en San Francisco que por alguna urgencia laboral debía llamar a Buenos Aires. No tenía tarjeta para teléfono público, el celular todavía no tenía la popularidad que tiene hoy (sin ir más lejos, yo no tenía uno) y la persona con la que debía comunicarme utilizaba el correo electrónico de manera irregular. Mi única opción, entonces, fue levantar el tubo que reposaba justo al lado de mi cama del Argent Hotel, discar frenéticamente y hablar con una velocidad tal que pareciera la última charla de mi vida.

 

No obstante todos los recaudos que tomé, no logré que la conversación durara menos de 4 minutos. Para colmo, quedó un asunto pendiente que requirió de una segunda llamada, que se extendió otro tanto. “¿Cuánto me puede salir?”, recuerdo que me tranquilicé a mí mismo. “Tampoco me zarpé con el tiempo”, me dije y seguí con mi vida habitual.

 

En el momento del check-out debo confesar que el asunto de los llamados ya había quedado en el olvido. Sin embargo, un calorcito comenzó a recorrer lentamente desde la zona media del estómago hacia esa punta de la cabeza en la que, cuando el calorcito llega, uno siente que las venas le van a estallar si recibe un solo estímulo emocional más: 124 dólares. Revisé la cuenta una y otra vez. Chequeé en mi memoria. No había consumido nada excepto esas dos llamadas telefónicas.

 

Desde ese día, no he vuelto a tocar el teléfono de las habitaciones. Si necesito algo del concierge, me tomo el ascensor y le digo lo que tenga que decirle. Si tengo que comunicar algo a una persona de otra habitación, recorro los pasillos, golpeo la puerta y lo hago a la vieja usanza. Puede parecer una medida extrema (es obvio que las llamadas internas no se cobran, dirán algunos), pero el sólo contacto con el aparato me eriza los pelos de la nuca. Si hasta me da miedo cuando estoy distraído, sentado en el escritorio escribiendo alguna nota al final de una jornada (sí, todos los hoteles cinco estrellas tienen algún escritorio) y en la mitad de la noche se escucha el sonido tenebroso: riiiiing.

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