El viajar es un placer

Papá… ¿Cómo era perderse?

Posted on: febrero 12, 2008

Aún en épocas del GPS, una buena opción cuando se visita una ciudad que se desconoce sigue siendo caminar sin rumbo (y hasta sin mirar el mapa ni la guía), con esa sensación única de estar llegando a puntos a los que ningún otro viajero accedió.

 

Me encantó la catedral de San Marco en Venecia. Me fascinó ver a los gondoleros (aunque no me subí a ninguna góndola, me pareció algo muy cercano a la venta fácil que les hacen a los turistas y muy lejano al hecho romántico que me había imaginado desde lejos). Los canales me dejaron boquiabierto. Pero, la verdad, el paseo que más disfruté fue cuando entré a caminar sin rumbo por las callecitas súper angostas, laberínticas y sin destino aparente de la zona de Dorsoduro, lugar en el que es prácticamente imposible cruzarse con japoneses sacando fotos, los mismos que emanan de la tierra como hormigas algunos pocos metros más hacia el canal.

 

¿Qué vi allí que pueda contar o que pueda mostrar en mis fotos? Venecianos viviendo como tales, casas que eran casas, personas con bolsas de supermercado que iban y venían, chicos que salían del colegio.

 

Cerrar la guía, doblar los mapas y ponerme a caminar sin rumbo y sin objetivos, sólo mirando, “perderme” por un rato, es una de las actividades que más me gusta hacer cuando estoy en una ciudad que no es la mía. Es la sensación de ser explorador, de que uno va a descubrir algún tesoro que siempre estuvo allí, pero que es invisible para todos los que pasan.

 

En Venecia, particularmente, una visita de estas características se convierte hasta en un milagro geométrico. Porque de repente uno ve que la calle por la que transita se estrecha cada vez más, pero cuando está a punto de desaparecer, se abre gigantesco e imponente, algún castillo oculto o alguna iglesia monumental. Además, si se camina prestando atención, hay ornamentos religiosos y arquitectónicos aquí y allá. Dos ojos no bastan para abarcar todo.

 

La tecnología tiende a acabar con la incertidumbre en muchos ámbitos de la vida. Esto, que parece una sentencia positiva, tiene también su costado nefasto. Los secretos son importantes y necesarios. Los tesoros ocultos dejan de ser tesoros ni bien quedan al descubierto. Es cierto que el GPS lo puede sacar a uno de un apuro si está rumbeando con un auto de alquiler hacia el barrio en el que viven todos los maleantes. Pero también es real que el abuso de estos sistemas pueden llevarnos a no poder disfrutar de la incertidumbre sana, de ese “qué me esperará a la vuelta de esta esquina”.

 

Es muy probable que así como nuestros padres de una generación anterior debieron explicar a sus hijos qué sabor tenía la fruta cuando se cosechaba artesanalmente en quintas y así como los de esta generación les describen la extraña mezcla de alegría y angustia que producía el toque del timbre del cartero anunciando que traía una carta, que los de la generación que viene necesiten contarles cómo era la sensación maravillosa de estar perdido.

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