El viajar es un placer

Un billete al paraíso

Posted on: febrero 5, 2008

Una propina dada en tiempo y forma al botones, el conserje o las encargadas del housekeeping puede transformar una estadía en un hotel en algo maravilloso.

 

Lo he visto en las películas miles, millones de veces. El tipo llega a su habitación acompañado con el botones, revisa las instalaciones y desliza en el interior de la mano cerrada del empleado del hotel un billete. Lo hace de manera imperceptible y misteriosa. Porque tampoco llevó la mano en ningún momento hacia su propio bolsillo, como para que uno pueda decir “¡ahí está, ahí lo sacó!”. En lo que resta de película, el botones se mostrará atento y agradecido con este caballero y hasta, si se trata de una de detectives, lo ayudará a resolver el asesinato que llevó al pasajero allí en primera instancia.

 

Ahora, las veces que intenté repetir esto en la vida real, el resultado fue un fiasco. O porque usé monedas en lugar de billetes y se me cayeron al piso en el medio de la transacción, o porque le di un peso argentino (en un hotel neoyorquino) y el muchacho me miró con cara de “por esto te hubiera hecho cargar las valijas a vos”.

 

Las propinas son una verdadera ciencia. No tanto en los restaurantes, donde con un diez o quince por ciento las cosas quedan saldadas. Pero sí en los hoteles, donde la entrega debe ser precisa, mística, oportuna. No está de más preguntar al agente de viajes que nos vende los pasajes, además de si hay que vacunarse contra la malaria para el destino puntual que elegimos, cuáles son las costumbres en ese país respecto de cuánto se deja y en qué momento.

 

Normas internacionales no escritas indican que al botones hay que darle entre uno y dos dólares por cada bulto que cargó hasta la habitación. Suele decirse que lo mejor es entregar billetes y no monedas, lo que pone a los argentinos castigados por un cambio negativo en la penosa obligación de entregar cinco euros (el billete más pequeño de esa denominación) en hoteles europeos. No obstante, aquellos que no temen romper esquemas sociales, en particular cuando está su bolsillo en juego, pueden probar con una de dos euros, que al menos es grandecita.

 

Esto de los billetes corre para todas las otras propinas que se entregan en hoteles, pero es particularmente importante en un segmento en particular: el de las housekeeping. La etiqueta indica que se les deja un par de dólares diarios con una nota de agradecimiento por día. Esto si quiere encontrar el chocolatín sobre la almohada y nuevas botellitas de shampoo junto a la ducha cada vez que llega, claro. Si uno deja monedas, probablemente ni las tomen, bajo riesgo de que se genere una confusión con dinero olvidado por el pasajero.

 

Ya que arrancamos hablando de la forma en como los Bogarts, Clooneys, Pitts y Redfords se comportan en los hoteles de las películas, podemos recordar también que cada vez que necesitan un favor, el conserje de turno está más que dispuesto a resolvérselo (así sea alfombrar de nuevo la habitación con un motivo de leopardo), mientras que a usted siempre le ha costado una hora y media lograr que en concierge le dieran un pequeño plano de la ciudad en la que está alojado. Aparentemente, para lograr una sonrisa amplia por el ocupante del otro lado del mostrador, el secreto tiene, por lo menos, la cara de Lincoln. Ah, y si quiere conseguir taxi por segunda vez, no se olvide de darle un dólar al muchacho que los para la primera.

 

Los periodistas constituimos un fenómeno aparte en el mundo de los huéspedes de hotel. Porque, por nuestro trabajo, terminamos varias veces por año de invitados en cinco estrellas que nuestros exiguos sueldos no nos permitirían oblar. Esto hace que muchos de nosotros no seamos del todo dadivosos a la hora de propinar, ya que manejamos cifras más propias de un hospedaje marplatense clase “A” que de un Hyatt o un Sheraton ubicado en lugares donde habitualmente hablan de dólares o de euros.

 

Por eso, se han desarrollado estrategias que se transmiten de colega a colega y de generación en generación: hacer ver que uno es baquiano del hotel al que acaba de llegar para que no lo acompañe el botones a la habitación, no acercarse a la conserjería por ningún motivo, ir caminando o en subterráneo a todos lados para no parar taxis en la puerta (como combinación de las dos anteriores, resulta que si uno sufre un preinfarto en su habitación debe poder llegar por sus medios y sin pedir ayuda al nosocomio más cercano) y confiar que las housekeeping ladies van a hacer su trabajo como corresponde.

 

Otra alternativa es aflojar un poco la billetera, hacer unas cuentitas adicionales en base a los números tirados a lo largo de esta nota y considerar las propinas como parte del presupuesto del viaje. Va a ser más placentero para todo el personal del hotel y, sin dudas, mucho más placentero para usted.

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