El viajar es un placer

El pasado que vuelve

Posted on: enero 31, 2008

Los viajes en el tiempo han seducido a científicos y escritores de todas las épocas, que idearon todo tipo de maquinarias exóticas para lograr este improbable cometido. Los treintañeros y cuarentañeros que quieran retornar a los restaurantes que iban en su infancia durante las vacaciones en la costa, tienen un camino más sencillo: ir hasta Rebagliatti y la costa, en La Lucila del Mar, y sentarse en alguna de las mesas del Hotel Lavaggi.

 

Ya desde afuera, la atmósfera retrocede veinte, treinta años. El color marfil de las paredes del hotel, las luces de neón que anuncian que sí, que es verdad, que ya llegamos, las habitaciones que uno adivina detrás de esas cortinas blancas (pero ese blanco ajado, ese blanco que supo ser blanco hace mucho tiempo y que hoy es sólo un blanco nominal)…

 

Adentro, la situación mejora. Manteles color ocre dispuestos en rombo sobre otros manteles, blancos, que cubren la mesa. Sillas de madera oscura rígidas, incómodas, en las que la espalda no termina de apoyarse jamás. Arañas lumínicas de hierro forjado similares a las que utiliza El Zorro para huir cuando está rodeado por el Sargento García y sus hombres. Mostrador de madera un poco más clara que la de las sillas atendido por un señor que hoy, al igual que hace dos décadas, tiene unos setenta pirulos (y las seguirá teniendo durante dos décadas más). Algunos utensilios también son infaltables: el plato oval metalizado donde se sirve el puré o la cazuela oscurísima donde llegan todas las variedades de arroz.

 

Y los platos. Se puede pedir tuco del de verdad para adornar una pasta y entre los postres hay muchas especies extinguidas de las cartas de los restaurantes “de onda”: arroz con leche, budín de pan, tarantela. Las porciones son generosas y dan esa sensación de que hay una abuela gigantesca en la cocina espiando para ver si cada uno de sus nietos-comensales acaban todo lo que se les sirve.

 

Cometieron algunos pecados, es cierto. Las lámparas de bajo consumo (imprescindibles en épocas ecológicas y de responsabilidad frente a la crisis energética) y el diseño del menú (hecho por un estudio de la Capital que, disculpen muchachos si leen esto, no entendió el espíritu del lugar y lo armaron como si fuera una revista moderna) de repente devuelven al viajero al presente. Pero son sólo flashes pasajeros. El andar raudo de los mozos (que hasta tienen rostros de fines de los 70 o principios de los 80) con varios platos distribuidos por sus tentáculos (porque no me digan que no parece que tienen más de dos brazos) nos transporta, de nuevo, a las vacaciones de la niñez. En mi caso, puntualmente, al restaurante Don Pepito, de Mar del Plata.

 

Además, la gente del Lavaggi ya se encargó de devolver el menú a las fuentes y debajo de las listas de comidas escritas con tipografías bonitas, prolijas y modernas, ya agregaron platos “olvidados” en lápiz, dándole a la carta un matiz más cercano a lo que debería ser.

 

La comida se veía deliciosa, como es obligatorio en un lugar así. Lástima que mi bife de costilla lo comí frío. Es que me quedé distraído un buen rato, esperando a ver si alguno de mis padres se acordaba de que yo estaba allí sentado, incapaz de utilizar el cuchillo por mi breve edad, y se acercaba a cortarme la carne, para que pudiese pincharla con mi tenedor.

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