El viajar es un placer

El ghetto voluntario

Posted on: enero 14, 2008

Por razones que no vienen al caso me encontré a mediados del año pasado en un hotel all-inclusive de la Riviera Maya. Un establecimiento gigantesco, con unas 1200 habitaciones. Lo primero que vi en el lobby, en el momento del check-in, fue una multitud de rostros sonrientes que iban y venían. “Esto tiene que ser en verdad muy bueno”, me dije.

 

Sin embargo, luego de que la atenta niña del mostrador tomara todos mis datos, comencé a sentir un cosquilleo en el estómago muy cercano al que debe experimentar el reo que acaba de ser condenado. Fue precisamente en el instante en que la joven me ató una cintita negra alrededor de la muñeca derecha y me dijo: “para utilizar cualquier servicio del hotel, debe mostrarla”. En ese momento me di cuenta de que había quedado preso por propia voluntad, sólo que en una cárcel más VIP que las que utilizan los presos VIP argentinos, lo que es mucho decir desde el punto de vista VIP.

 

No había trabajos forzados, es cierto. Pero sí coreografías al ritmo de “el” tema del momento (un chiki pum común y corriente, típico de los que se escuchan en las playas) en la orilla del mar. Lo peor es que cuando uno pasa por al lado de esos grupos cuyos integrantes levantan todos juntos la pierna derecha en dirección al brazo izquierdo al tiempo que bajan dicha extremidad superior para propiciar el encuentro y no hace ni un mínimo ademán de sumarse, todos los “bailarines” lo observan con desprecio, como enojados por el hecho de que uno no quiera participar de semejante barbaridad.

 

Tampoco había pan y agua, es verdad. Pero las colas para comer en “el horario en que hay que comer” eran dignas de un día de pago de haberes jubilatorios en el Banco Provincia. La solución parecería ser muy sencilla (ir un rato antes o un instante después de las 12 en punto, la hora señalada), pero es imposible de llevar a la práctica: hasta el mediodía exacto los bufetes no abren sus puertas y diez minutos después del paso de la langosta humana sólo quedan algunos restos.

 

Nadie me impedía salir del establecimiento, no puedo negarlo. Pero hay que tener en cuenta que la cintita que permite usar los restaurantes, los bares, los jacuzzis, los teatros, las piscinas, la playa y todos los servicios dentro del hotel es una baliza gigantesca que anuncia que hay un extranjero con plata dando vueltas cuando uno está en, por ejemplo, la Quinta Avenida, la calle principal de Playa del Carmen.

 

A ningún “compañero de celda” se le ocurriría ponerse cariñoso conmigo e intentar violarme, digamos las cosas como son. Pero al final de la estadía, el preso voluntario tendrá en su haber unas 500 fotos sacadas, unas 3000 fotos observadas (particularmente, de hijos o nietos de los otros turistas) y unas 2 millones de charlas triviales que hubiese preferido evitar. Guay de aquel que se niegue a tomar una instantánea, a decir “¡pero qué linda nena!” (aunque la susodicha sea mezcla de caniche y dogo argentino) o a responder “sí, la verdá, la calor está matando”.

 

El concepto de all-inclusive (éste era el Oasis Riviera Maya, aunque estimo que son todos más o menos parecidos) parece haber nacido de un brainstorming entre la cúpula nazi de la segunda guerra mundial y la bruja de Hansel y Gretel. Es decir, torturas continuas disfrazadas de situaciones placenteras, como para que uno caiga solito en la trampa, como para que no se oponga resistencia. Por eso, a la hora de ducharme (luego de un reparador día de clase de gym, clase de aerobics, clase de capoeira, almuerzo opíparo, merienda opípara, cena opípara y espectáculo de mago reglamentario) cerré los ojos con fuerza al mismo tiempo que giraba la canilla. Segundos después pude relajar la expresión: del grifo salía agua, no gas tóxico.

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