El viajar es un placer

La muerte de un género

Posted on: diciembre 12, 2007

Internet ha herido de muerte a un estilo literario de ficción: el de los folletos hoteleros. Esos maravillosos trípticos que ofrecían en las agencias de viajes y que mostraban al potencial visitante una serie de servicios que nunca iba a recibir en el destino elegido.

Hoy las cosas son muy sencillas. Si uno quiere ir a un determinado hotel en cualquier punto del planeta, sólo debe ingresar en Google, tipiar el nombre del establecimiento y voilá, en segundos sabrá cuánto cuesta, dónde queda, cómo se llega, qué comodidades ofrece, hacer un recorrido virtual por las habitaciones y los espacios comunes y hasta, con un poco de suerte, obtener alguna tarifa especial por el contacto online.

Pero hasta hace no muchos años, cuando Internet era todavía una fantasía de los escritores de ciencia ficción, para tener una idea aproximada del hotel al que uno estaba siendo mandado, las únicas alternativas posible eran conocer a alguien que hubiera estado antes en ese mismo lugar o mirar el folleto que otorgaban las agencias de viajes en el momento de la contratación.

Ese folleto era, además de una mentira más grande que una las habitaciones fotografiadas en perspectiva que tenía publicadas (ahondaremos en breve sobre este concepto), el hito que marcaba el inicio del viaje. Porque el deseo de estar en ese lugar de ensueño, nadando en esa piscina con la jovencita rubia de bikini colorida que se asoleaba en la zona central de la página del medio, comiendo ese plato que se veía exquisito abajo a la izquierda o tomando un trago frente al amplio ventanal que daba a las sierras y que se veía en la contratapa se convertía en una obsesión que hacía interminables los días de espera entre el momento en que se abonaba por el servicio y el instante en el que el botones nos recibía en la puerta presto a atender nuestro equipaje. Pero en el momento exacto en que uno ponía un pie en el lobby, comenzaba a sospechar que algo andaba mal.

Todavía recuerdo la pousada de Búzios a la que fui de adolescente. En el folleto se veía un espectacular frente colonial apoyado sobre una colina. Y era cierto, sólo que no se apreciaba que del frente hacia arriba los tres pisos del hotel estaban prácticamente en construcción. En el folleto se veía una piscina olímpica. Y era cierto, sólo que faltaba todo el musgo verde y la roña que el agua había juntado entre la publicación del tríptico y mi llegada. En el folleto se veía una cancha de fútbol 5 que, por más esfuerzos que realicé, no pude encontrar por ningún lado. En el folleto anunciaban un desayuno típico brasileño. Pero no explicaban que eso implicaba una exagerada cantidad de hormigas que, apenas uno levantaba el individual de junquillo, salían disparadas en todas las direcciones como si se les hubiera gritado “¡piedra libre!”. En el folleto aseguraban que había room service las 24 horas, servicio que se volvía fundamental cuando uno notaba que para llegar a la habitación había que subir tres altos pisos por escalera. Pero un día de lluvia que llamé a la recepción para pedir una botella de agua mineral, la respuesta del encargado de atención al cliente (un argentino radicado allá) fue: “con el agua que cae no subo ni por tres botellas de whisky”.

Incluso el establecimiento tenía atracciones que el folleto había omitido, como el colorido vómito que se posaba en las escaleras entre el piso uno y dos y que resistió, estoico, una tormenta tropical.

Disfruté de la estadía porque Búzios es una ciudad maravillosa y porque el dueño de la pousada accedía a convidarnos, por la noche, parte del pochoclo que se hacía para él mismo. Sin embargo, me fui puteando por lo bajo jurándome que nunca más iba a volver allí y que, por supuesto, jamás en mi vida volvería a confiar en un folleto.

No cumplí mi juramento en ninguna de sus dos instancias. Al día de hoy, aún con Internet haciendo agonizar este género de ficción, cada vez que veo un folleto de un hotel entro en un ataque de hipnosis que me transporta sin escalas hacia ese lugar. Encima, cuando diez años después decidí volver a Búzios, recalé en la misma pousada, que era todavía la misma mierda, pero con la pileta en funcionamiento y el vómito definitivamente borrado, de seguro gracias al trabajo meticuloso de cientos de tormentas y no al paño húmedo de alguien encargado de la limpieza.

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2 comentarios to "La muerte de un género"

Es verdad, y lo relatás tan bien que me has hecho reir muuucho.
El único comentario que puedo hacer es que el género sigue vivo, sólo que se ha modernizado y ahora se posa sobre bites en lugar de hacerlo sobre celulosa.
Apostaría que ese mismo lugar al que hacés referencia tiene su página web, tan mentirosa como el folleto que te llevó al lugar hace años.
abzo

El lugar debe haber cerrado, porque su dueño murió en circunstancias poco claras el año pasado, con noticias en los diarios y todo… será tema de otro post…

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