El viajar es un placer

Tres cucharadas de fortuna

Posted on: diciembre 6, 2007

 

El hombre tenía la encorvadura que se forma en la columna luego de años de caminar buscando la suerte en el suelo. Registraba, como lo había hecho cada día de 1679, todos los rincones del basurero de Egrikapi.

 

No conozco el nombre de este cartonero antiguo que vivía de resucitar desperdicios ajenos en aquella Estambul. La historia está llena de nombres de reyes, príncipes, papas, jeques y garcas de toda índole, pero casi siempre se olvida de cómo se llamaban los pequeños protagonistas. No registra como individuos a los miles que murieron para que Alejandro Magno pudiese ser tan grande, por citar solo un ejemplo. Este caso no va a ser la excepción. El viejo (tampoco sabemos si era viejo, pero que sea de edad avanzada le da más color a la historia) pudo haberse llamado de cualquier forma. Aquí lo denominaremos Mehmet, y considerando que la historia transcurre en Turquía, tenemos una probabilidad altísima de estar en lo cierto.

 

Mehmet estaba con seguridad muy cansado, con los pies ennegrecidos de tanto pisar basura (nadie tiene la gentileza de limpiar la basura antes de tirarla, como un homenaje mudo a todos aquellos que se ven obligados a revolverla para subsistir) y con tanto afán por encontrar algo que lo salvara de su miseria, que no hubiese visto una tinaja de oro a dos metros de distancia. Sin embargo, hombre experto en detectar porquerías y chucherías varias, Mehmet se percató de que esa piedra, ubicada entre restos de comida y una vieja lámpara insalvable, le podía dar sustento por uno o dos días. “Se ve diferente, hay algo en ella que la hace especial”, se dijo.

 

Su ojo clínico no falló. El joyero del pueblo le ofreció una cuchara nueva, impecable, a cambio de esa piedra vieja y roñosa. Sonaba a pelito para la vieja absoluto. Pero el sexto sentido de Mehmet se activó una vez más y comenzó un juego de regateo casi obligado por esas tierras ante cada transacción comercial. El resultado fue más positivo que el mejor de los sueños del cartonero: tras la compulsa, el precio final obtenido fue de tres relucientes cucharas. Mehmet se fue feliz, porque había tenido, por fin, un día de suerte. El joyero nunca estuvo del todo convencido de haber hecho un buen negocio.

 

La piedra pasó de mano en mano durante algunos años hasta que finalmente llegó a convertirse en una más de las posesiones de un rey, de esos cuyos nombres sí recuerda la historia y que en este caso se llama, también, Mehmet (con un IV al lado). Un pulido rápido descubrió que debajo de la maraña de roña se ocultaba un diamante de 84 kilates de altísimo valor. La leyenda del pobre hombre que la había dejado ir por unos pocos utensilios domésticos comenzó a circular por todo Estambul, por lo que la piedra pasó a llamarse “el diamante del cucharero”.

 

El Palacio Topkapi exhibe por estos días el diamante y por todos lados uno puede tener acceso a esta historia, tal vez con algunos detalles más o con algunos detalles menos. Lo que no se cuenta en ningún lugar es si el Mehmet pobre llegó a enterarse alguna vez  de que pudo vivir harto de riqueza o si murió convencido de que el día que obtuvo tres cucharas a cambio de una piedra insulsa había sido el más feliz de su vida.

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1 Response to "Tres cucharadas de fortuna"

[…] con oro, diamantes, esmeraldas y piedras preciosas. Tercera sala: En esta sala se encuentra el diamante del cucharero, el tercer diamante más grande del mundo. Cuarta sala: En esta sala lo más relevante es el trono […]

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