El viajar es un placer

La sucursal más cercana

Posted on: noviembre 30, 2007

Hay un momento exacto en el que uno sabe que sus valijas nunca van a salir por esa cortina de goma gruesa que une la cinta transportadora con el exterior del aeropuerto. Es imposible definir qué es lo que produce esa sensación, porque no sucede media hora después de que ya se fueron todos, sino en un instante en el que todavía salen bolsos, bultos y demases provenientes del mismo vuelo en el que uno estuvo montado.

 

El desasosiego propio de saber que no tendremos ropa interior para cambiarnos en lo inmediato tiene una intensidad variable de acuerdo al sitio en donde la aerolínea decidió extraviar el equipaje. Si es en Miami, serán sólo cinco minutos, porque seguramente hay un mall con todo lo que necesitamos ahí nomás, al alcance de la mano, y con los productos más baratos que en Once, aún en épocas de dólar caro. Si es en París, será de más o menos una hora, que es lo que tardamos en digerir que unos calzoncillos nos insumirán 20 euros de nuestro presupuesto.

 

Ahora bien, si esto ocurre en Estambul, como fue mi caso, la angustia será profunda y por tiempo indefinido, porque la ciudad es tan hostil como maravillosa, tan difícil de dominar como encantadora. Es cierto, el antiguo Gran Bazar hoy vende todas las grandes marcas: Proda, Dolce o Gabbana, Pumo y Luis Buittón, y por ahí uno puede conseguir un pack de veinte pares de medias Di’or por un dólar, pero también es real que la perspectiva de hacerse de un vestuario de reemplazo allí no es como para andar saltando de alegría.

 

Cuatro días tardó la local Turkish Airlines en encontrar mi equipaje, que tuvo la fortuna (según constataba en la etiqueta que traía pegada) de conocer Viena mucho antes que yo. Jeans azul, un sweater marfil con puños azules y una remera negra con un dibujo de la película “El extraño mundo de Jack”, de Tim Burton. Así se me puede ver, invariablemente, en todas las fotos que me saqué en esas largas jornadas en las que mi habitación del hotel quedaba literalmente vacía cuando yo salía a recorrer la ciudad.

 

El momento de la pérdida de la valija es sólo el principio del periplo de sufrimientos. El cierre está dado por el reclamo de la compensación. Se entiende que cuatro días sin valijas en un país extranjero es un verdadero problema para el dueño de las valijas que, entre otras cosas, debe oblar por productos de la canasta básica vital, como la mentada ropa interior o artículos de perfumería. “La compensación es de 100 dólares, pero le rogamos que haga su reclamo directamente en nuestra oficina del aeropuerto, justo antes de dejar el país”, me indicaron en el call center, dejándome en ese límite sutil en el que hay que aceptar lo que a uno le ofrecen, porque después ya no hay más tiempo para hacer nada. No era mucho, pero ya estábamos cien escalones más arriba que “nada”.

 

Dicho y hecho, el día antes de regresar llegué a la oficina de Turkish Airlines en el aeropuerto de Estambul. Un vidrio semi-espejado (o muy roñoso) con dos agujeritos circulares a través de los cuales uno se comunica con la persona que atiende del otro lado y dos jóvenes turcoparlantes que no tenían habilidad en ningún otro idioma. Mi manejo del turco es precario, por lo que apelé al viejo recurso de las señas para hacerme entender y lograr, finalmente, que un funcionario con capacidad de decir algunas cuantas palabras en inglés (lamentablemente, la mayoría no ligada al problema que nos competía) me atendiera a través de un teléfono.

 

La charla fue larga y penosa. De a poco, pude hacerme entender y logré comprender también a mi interlocutor. “Le vamos a dar 50 dólares”, me dijo en turkglish. “Pero me dijeron que eran 100”, respondí en spanglish. Cual partido de ping pong, nuestras voces se sucedían, de a una por vez. “50”, “100”, “50”, “100”… “¡Se me va el avión!”, grité, llegado el momento del embarque. “Bueno, hagamos algo”, me espetó la voz del teléfono, conciliadora, “le damos 50 ahora mismo y luego los otros 50 los retira en la sucursal más cercana a su domicilio”.

 

Me pareció razonable. “Perfecto”, dije. “Yo vivo en Buenos Aires, ¿podría indicarme dónde queda esa sucursal?”. “Cómo no”, me respondió el empleado de la aerolínea y tras pensar unos instantes (tal vez consultando algún directorio de oficinas globales) me respondió: “en Nueva York”.

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1 Response to "La sucursal más cercana"

Era fantástico viajar siempre con todo encima. Para los que somos viajeros frecuentes tener todo en una minimaleta era perfecto.

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