El viajar es un placer

Ese lunar que tienes

Posted on: noviembre 28, 2007

El mendigo se acercó a mi mesa mientras degustaba un Whopper con Coca-Cola (que pedí sin hielo, pero que, de todos modos, me la habían servido con él). Era uno de esos vagabundos que parecen haberlo sido toda su vida. Ropa de pordiosero experimentado, gesto cansino, mugre en todos los rincones donde debería haber piel y ojos que parecen haberlo visto todo.

Me pidió ayuda, al fin y al cabo de eso viven, en un inglés claro, pero cerrado. Como si fuera un nativo de Alabama o de Nebraska que vivió muchos años en Miami y que tuvo que adaptarse a esa deformación idiomática que los latinos armaron allí.

Lo sorprendente era que yo no me encontraba en un Burger King perdido en el sur de los Estados Unidos. Estaba en el centro de Cancún, una ciudad turística mexicana que, como el resto del país, acusa el español como idioma oficial. Este lugar del mundo ha sido uno de los primeros en globalizarse aunque, claro está, sin tener una conciencia exacta de lo que la globalización significa.

Así como muchas playas presentan dunas o formaciones rocosas cuando se avanza un poco más allá de la orilla, en Cancún el paisaje se ha llenado de una cadena de cadenas hoteleras internacionales. Los nombres más conocidos de ese mercado desfilan a lo largo de varios kilómetros de arena harinosa y agua esmeralda capaz de mostrar hasta tres tonos diferentes (un verde muy clarito, un verde fuerte y un azul) en el espacio que la vista llega a abarcar.

Son tantos, tan imponentes, tan hermosos y tan llenos de servicios, que los turistas –y dije turistas, no viajeros- suelen refugiarse dentro de ellos y hasta olvidan las verdaderas riquezas que tiene el lugar: el paraíso natural y cantidades de ruinas aztecas como Tenochtitlán, Uxmal o X-Caret.

Carlos maneja su taxi desde el Caesar Park hacia el centro de la ciudad. A pesar de que lleva más tiempo viviendo allí que la propia Cancún, no se permite dejar de sorprenderse por lo que se ha transformado el sitio en los últimos veinte años. De páramo, habitación de la nada, a uno de los centros turísticos más importantes de América Latina y, tal vez, del mundo.

El centro comercial, alejado de la costa por unos pocos minutos en auto, ha permanecido incólumne durante todo ese tiempo y, salvo por algunas pocas callecitas con aires de arrabal y nombres frutales, no es más pintoresco que un barrio de emergencia del Gran Buenos Aires. Los hedores a frituras exóticas no condicen con el aroma de las flores que dan nombre a los pasajes.

Es mediodía y no almorcé. Carlos me previene de que los picantes que le agregan a las comidas por esos lugares pueden ser mortales para los visitantes de estómago débil. Me deposita frente al Burger King en el que trabaja el mendigo bilingüe. “No es rico, pero al menos le es conocido”, me advierte, al tiempo que se lamenta porque su ciudad, cuna histórica de las culturas americana y mundial, carezca ahora de cultura e identidad propias.

Es cierto: en Cancún da lo mismo un dólar norteamericano que un peso mexicano y con igual facilidad se consigue un taco que un hot dog. Los hoteles exportaron todo lo yanqui –comidas, horarios, formas de diversión- y los yanquis turistas están gustosos por eso.

Los únicos rasgos distintivos que indican que Cancún no queda en las tierras del Tío Sam son el alcohol –con el tequila y el mezcal a la cabeza- y algunas artesanías de ocasión, preparadas especialmente para los visitantes. Si hasta los denominados “espectáculos típicos mexicanos” parecen extraídos de un capítulo de Speedy González. “Es terrible –se apena Ulises, un periodista de tecnología mexicano del que me hice amigo en esa estada allí-. Las vestimentas son del norte del país, el sombrero del sur y la música… de Andalucía”. El estereotipo del ratón veloz reaparece en los muchachos y las chicas que bailan al ritmo de sones locales. En Cancún no se le muestra al extranjero cómo es un mexicano de verdad. Se le exhibe el mexicano que el extranjero quiere ver.

(Texto escrito hace nueve años y nunca publicado -tal vez porque es malo-. Las cosas, en este tiempo, no han cambiado mucho). 

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