El viajar es un placer

Hasta la vista, baby

Posted on: noviembre 21, 2007

La vista, en el mundo de los hoteles, no referencia sólo al sentido que nos permite percibir con los ojos. Es mucho más que eso. Representa la posibilidad de tener delante nuestro “el” paisaje que define al lugar en el que estamos. Además de unos cuantos pesos, dólares, yenes, rupias o euros adicionales porque, convengamos, “buena vista” puede remitir a músicos de primer nivel en Cuba, pero cuando uno llega a un 5 estrellas significa, sin ambigüedades, que hay que abonar muchos billetes más que por las habitaciones “estándar”, ésas cuyas ventanas dan a un basural o una medianera, incluso en ciudades donde no hay construcciones que las justifiquen.A ver si hablamos claro. Todas las habitaciones de Los Notros dan al Glaciar Perito Moreno. Sería muy angustiante saber que esa mole de hielo azul única en el mundo está a nuestras espaldas mientras que nosotros tenemos que conformarnos mirando un fragmento de bosque. Y si una suite del Londra Palace, en Venecia, no ofrece una panorámica de los canales, es porque nos presenta un pintoresco paisaje de campanarios. Y a un cuarto del Caesar Park de Cancún no se le ocurre ni por asomo no regalarnos un infinito mar esmeralda. Es cierto, uno paga más. Pero despertar por las mañanas en el Esturión de Montoya, en Punta del Este, y ver las olas golpeando casi a la misma altura de los ojos es una sensación incomparable. En este punto uno puede imaginar que los arquitectos siempre diseñan los hoteles con una sabiduría tal que logran aprovechar al máximo las virtudes geográficas, estéticas o culturales de la ciudad donde lo emplazan. Craso error. Hay otras variables, como optimizar el espacio disponible para construir más habitaciones y que el sitio sea más rentable, por ejemplo, que llevan a vivir situaciones como la que me tocó en el hotel más aristocrático de Mar del Plata. Desde hace unos cuantos años cubro para diversos medios el Festival de Cine que se realiza en la ciudad balnearia más concurrida de la Argentina. Este hotel del que hablo pero que no menciono es, para este evento, el alojamiento por excelencia. Primero, porque está justo enfrente de la sala donde se proyectan las mejores películas en competencia. Segundo, porque en él se hospeda la creme de la creme de la escena vernácula, con lo cual al regreso es posible contarle a los amigos que uno se cruzó durante el desayuno con todas las estrellas habidas y por haber en el firmamento cinematográfico.Llegué feliz a mi cuarto, porque en mi reserva decía con la mayor claridad que la lengua castellana lo permite, “habitación con vista al mar”. Aún enclenque como he sido toda mi vida, descorrí de un solo tirón los pesados cortinados bordó que cubrían las ventanas, para maravillarme con el suave oleaje acariciando la arena y hasta, con un poco de suerte y el viento a favor, para respirar ese dejo a salitre y pescado podrido que sólo los asistentes habituales a la playa Bristol pueden reconocer.Pero, contra mis previsiones, el azul que esperaba (o marrón, para ser más precisos, porque el mar en Mar del Plata es de color marrón) se trastocó en un terracota, el que caracteriza a las baldosas de terraza. Cerré las cortinas y las volví a abrir, con la esperanza de que funcionara como el zapping que se logra con el control remoto de la televisión y que en este segundo intento apareciera, finalmente, mi tan ansiado océano. Pero la terraza seguía allí. Y, para peor, se había agregado una señora de casi 90 años que luchaba contra el bretel de su traje de baño, buscando desabrocharlo con el objetivo de que el sol la tiñese más parejo, con lo cual mi “vista al mar” acabó convirtiéndose en “vista a carnes flácidas”.Tomé el teléfono y advertí sobre el error al impersonal operador que levantó el tubo del otro lado. “Ningún error”, me contestó. Me imaginé que estaba siendo asesorado por el botones, quien a su vez se estaría tomando revancha de que no le permití que me acompañase a la habitación luego del check-in para ahorrarme la propina. Ante la negativa recibida, hice lo único que se me ocurrió hacer: insistí. “Pero mire que yo desde acá veo una terraza”, lloriqueé. Y hasta exageré el punto de caída que habían alcanzado las tetas de mi improvisada vecina, para ver si lograba conmoverlos al menos desde la repulsión.En ese momento, el joven encargado de la recepción me dio una lección de hotelería que conservo hasta la actualidad y que transmito cada vez que puedo: la vista, como casi todo en el universo, es relativa. Porque a uno nunca le dicen “vista panorámica del mar”, “vista completa del mar” ni nada que haga suponer que no hay que hacer esfuerzos para lograr ver la masa acuática. Esto vale para “vista a las montañas”, “vista al lago” y todos los etcéteras imaginables.En esta habitación en particular, como bien me explicó el muchacho, si yo sacaba mi cuerpo por la ventana (empresa más que difícil, considerando que se abre sólo a cuarenta y cinco grados, tal vez para evitar suicidios espontáneos ante la ausencia del mar en la vista) y lo giraba hacia la izquierda, se desplegaba ante mis ojos una franja de unos diez o doce centímetros tras la cual veía las espumantes olas.Así que cada mañana, luego de haber vivido un maratón de cinco películas el día anterior y justo antes de bajar a tomar el desayuno, me asomaba a la ventana y disfrutaba de la maravillosa vista por la cual alguien había abonado una suculenta diferencia. Eso sí, después, cuando regresaba la mitad de mi cuerpo que salía a buscar el mar dentro de la habitación, necesitaba tomarme unos minutos adicionales para elongar y recuperar la elasticidad mínima que me permitiese afrontar los cinco filmes de esa nueva jornada.Autorobado de acá

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1 Response to "Hasta la vista, baby"

[…] éste sobre una didáctica actividad con rifles de verdad para jóvenes de 17 años, éste sobre las vistas que tienen las habitaciones de los hoteles y éste sobre un simpático joven […]

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