Posteado por: Walter en: agosto 26, 2011
A pesar de que ya lo experimenté millones de veces, todavía no lo aprendo: no importa cuánto tiempo analice detrás de qué cola me conviene ponerme cuando llego al área de migraciones del aeropuerto, todas las demás irán mucho, pero mucho más rápido. Más allá de mi resignación casi patológica a esta realidad, lo que me ocurrió en el aeropuerto de Panamá, de regreso de Haití, tomó un ribete épico.
La cola de la derecha tenía sólo dos personas. La del medio, unas ocho. La de la izquierda, otras ocho. En contra de mi impulso intuitivo, que decía “medio o izquierda, medio o izquierda”, hice caso a mi razón numérico-matemática y me ubiqué en la de la derecha. No tuve en cuenta un factor fundamental: los 16 que tenía a mi costado eran en su mayoría panameños, mientras que los dos que tenía delante eran haitianos.
La libertad, la igualdad y la fraternidad son una belleza teórica que en la práctica no se visualiza tan prístinamente. Porque mientras todos los del medio y los de la izquierda se acercaban al mostrador, entregaban su pasaporte, recibían una sonrisa y salían a la bochornosa humedad panameña en cuestión de segundos, cada una de las dos haitianas debió utilizar un siglo de su vida para explicar qué hacían ahí, por qué habían viajado y, finalmente, resignarse a dejar el pasaporte en “revisión” y esperar a que las autoridades aeroportuarias autoricen su ingreso.
Nunca antes la cola corta me resultó tan larga.
Qué injusticia…
Lindo blog
Saludos cordiales
Elisa, en Rosario, Argentina
agosto 26, 2011 a 3:08 am
Y yo estaba allí…