Posteado por: Walter en: Octubre 2, 2008
Uno ve esas casitas finitas con techos triangulares que configuran los perfiles de buena parte de Ámsterdam y no puede dejar de decir “aaaah” ante tamaña belleza. Es que de verdad parecen salidas de un cuento de hadas.
El Hotel en el que paré, cuyo nombre ahora se me escapa, tenía esa forma. Por eso disfruté tanto del momento del check-in. “Voy a vivir unos días encantados”, pensé. Tengo que admitir que nunca me puse a pensar que, desde el punto de vista estructural, ese costado triangular tiene que, necesariamente, “restar” un pedazo a alguna habitación.
En mi caso, el espacio que quedaba reducido para dar lugar a tan hermosa terminación era el baño. La ducha, para ser más exactos. Por eso, después de cada remojada matinal, me ponía a reflexionar sobre cómo harían los príncipes de los cuentos de hadas para caminar tan erguidos después de haber pasado unos cuantos minutos totalmente ovillados para poder higienizarse.
Me pasó lo mismo, sólo que en un destino más modesto: Miramar… En fin… se hace lo que se puede…
Querido Walter, me extraña araña. Los príncipes -cuando existían- no se higienizaban! Lo del “Príncipe Azul” es muy romántico, pero si nos remitimos a la historia deben haber olido muy mal!
Otra experiencia interesante con los baños es en Venecia. Los inodoros están -literalemte-forzados en los cuarto. Antes parece que juntaban y tiraban por la ventana. Diría Macri: “Prioridad Peatón”. Jejej.
Octubre 2, 2008 a 4:45 pm
Como el príncipe de Shrek que era petisito…